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Agria controversia por millonaria decoración de una sede de la ONU

Cuando Miquel Barceló recibió el encargo de decorar la cúpula de la Sala de los Derechos Humanos de la sede de Naciones Unidas en Ginebra, no podía imaginar lo que le esperaba. Ni desde el punto de vista artístico, por lo complicado de la empresa, ni desde el político, por la polémica que acaba de surgir en torno a la financiación de la monumental obra...

Jueves 13 de Noviembre de 2008

Cuando Miquel Barceló recibió el encargo de decorar la cúpula de la Sala de los Derechos Humanos de la sede de Naciones Unidas en Ginebra, no podía imaginar lo que le esperaba. Ni desde el punto de vista artístico, por lo complicado de la empresa, ni desde el político, por la polémica que acaba de surgir en torno a la financiación de la monumental obra del pintor español, que será inaugurada el próximo día 18 por el secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, los reyes de España y el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero.

Porque, dos años y 35.000 kilogramos de pintura después, se ha sabido que la remodelación de la sala, costeada por España, asciende a unos 25 millones de dólares, de los cuales casi 650.000 dólares corresponde a los fondos de ayuda al desarrollo (FAD), destinados a luchar contra la pobreza en el Tercer Mundo.

"Broma millonaria". Para el opositor Partido Popular (PP) español, esta "broma millonaria" es un escándalo. "Muchos países podrían hacer con esos 500.000 euros pozos de agua, dispensarios o políticas de vacunación", criticó el portavoz de Cooperación Exterior del PP, Gonzalo Robles, quien denunció una falta de sensibilidad social, sobre todo en los actuales tiempos de crisis.

Desde el Ministerio de Exteriores, cuyo titular, Miguel Angel Moratinos, manifestó que "el arte no tiene precio", se insiste en que esa suma no computa como ayuda oficial al desarrollo y que, por lo tanto, es falso afirmar que se haya desviado a un proyecto artístico dinero destinado a proyectos de solidaridad internacional.

Barceló, quien cobrará 7,6 millones de dólares, dice sentirse molesto por la polémica, que considera "un poco estrambótica". "No me gusta, me incomoda. Está claro que he trabajado dos años intensamente en una obra de 1.400 metros cuadrados", dijo al diario El País de Madrid. Al mismo tiempo, pide que se den todas las explicaciones "para despejar dudas, si existen". "Espero que así no se hable más de si hemos robado dinero de la boca de los pobres", agrega.

Lo que está claro es que esos 20 millones de euros, que incluyen los emolumentos del artista, fueron financiados en un 40 por ciento por el Estado español, que en 2005 se comprometió a pagar la remodelación integral de la sala, incluida la cúpula, y en otro 60 por ciento por empresas privadas españolas a través de la fundación Onuart, creada para ese efecto.

La polémica amenaza con eclipsar la propia obra, que nadie hasta la fecha ha cuestionado y que para algunos es una nueva "Capilla Sixtina", de estilo vanguardista, claro. El propio Barceló, que considera "ajustado" el precio, lo sabe. "Y de la obra ¿qué se dice?", se preguntó.

Barceló, nacido hace 51 años en la isla de Mallorca y hoy por hoy uno de los artistas contemporáneos más cotizados del mundo, sufrió mucho con la cúpula de la ONU, que en sus palabras "tiende al infinito y aporta una multiplicidad de puntos de vista". Como "El libro de arena" de Jorge Luis Borges, enterrado precisamente en Ginebra y por cuya tumba el pintor pasaba todos los días.

Barceló convirtió esa cúpula, una superficie de 1.400 metros cuadrados, en una especie de "orografía" del mundo, en una cueva repleta de estalactitas de hasta dos metros de largo y 50 kilogramos de peso cada una y en un inmenso mar con olas que se mueven de sur a norte, de Africa a Europa. Y todo ello en vivos colores, 26 en total.

"La experiencia fue larga, difícil, divertida y finalmente orgiástica", dijo el artista.

El mayor problema. El mayor reto fue la técnica, ya que tenía que pintar un techo desafiando la gravedad. Después de muchos experimentos fallidos y frustraciones ("las estalactitas parecían cagadas de mosca"), Barceló y su equipo dieron con un material llamado Nepóxido que contiene un pegamento muy fuerte y con el cual se logró que la pintura cuajara.

Para llevarla a la cúpula, el artista, vestido como un astronauta, utilizó primero una escopeta como las del juego de paintball y luego una enorme manguera conectada a un camión compresor como el que en su día se usó para inyectar cemento durante la construcción del túnel que atraviesa el macizo del Mont Blanc.

Una vez acabada la obra, Barceló, un enamorado de Africa con talleres en Mali, Mallorca y París, dejó claro que no piensa pasarse la vida haciendo "obras faraónicas" de este tipo. Y también rechazó cualquier comparación con la Capilla Sixtina: "Tengo demasiada devoción por Miguel Angel como para dejarme abrumar por esas comparaciones", afirmó.

 

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