Haití sigue sumida en el caos y paralizada en medio de los escombros que hace seis meses dejó una potente seguidilla de sismos que mataron a unas 250 mil personas, destrozaron la capital Puerto Príncipe y dejaron al más pobre país de las Antillas completamente devastado. Varios informes dados a conocer anteayer confirman los peores pronósticos.
Hay 9.900 millones de dólares prometidos para la reconstrucción del país, pero las desinteligencias internas y la burocracia y la política de más 60 países y organizaciones comprometidos en la ayuda traba la distribución de fondos. De esa suma, sólo llegó a Haití el dos por ciento y para mitigar las necesidades básicas de la gente.
El gobierno, que ya era débil antes del terremoto de magnitud 7, está intentado construir en nuevos lugares como Corail-Cesselesse, una franja de tierra casi vacía que empieza a unos 15 kilómetros al norte de la capital. El esfuerzo se ha visto paralizado por la desorganización, las peleas internas de los grupos de poder y los acuerdos privados realizados a escondidas.
Múltiples familias reivindican ser dueñas de casi cada pedazo de construcción. Un funcionario encargado de reconstrucción ya ha sido forzado a dimitir por desviar un proyecto público hacia el terreno privado de su empresa en Corail-Cesselesse.
Los dueños ricos de terrenos aseguran que el “nuevo Haití” se convertirá de nuevo en otra barriada pobre si el gobierno no reconstruye siguiendo sus pautas.
Y la gente sin techo se encuentra en medio de la controversia, intentando arrebatar un pedazo de terreno a los matones contratados para expulsarlos. Incluso enfrentando machetes.
Momentos después del desastre, todo Puerto Príncipe empezó a salir a las calles. Las casas, que aún colapsaban, se convirtieron en trampas mortales. Campos de refugiados nacieron como setas en espacios privados o públicos, plazas, parques y campos de golf.
Los cadáveres se acumulaban en todas partes, bajo sábanas, cartones o nada. Camiones de todo tipo recogieron la mayoría de cuerpos semanas después. Otros fueron quemados. Otros aún siguen encontrándose.
Pero los aproximadamente 20 millones de metros cúbicos de basura siguen en las calles. Montones de ella hacen que gran parte de la capital sea intransitable. Trescientos camiones trabajando diariamente han removido apenas el 2% de los desechos.
El número de personas en campos de refugiados se ha casi duplicado a 1,6 millón, mientras que la cantidad de viviendas transitorias es minúscula.
La mayor parte de los 3.100 millones de dólares prometidos en ayuda humanitaria han ido a hospitales, carpas de plástico, vendas, comida, salarios, transporte y trabajadores para tareas de reconstrucción.
La policía y los cascos azules de la ONU vuelven a patrullar. El crimen ha aumentado desde el terremoto, con ataques a campos de refugiados que siembran el terror entre miles, sobre todo de mujeres y niños. Sin embargo, la violencia es mucho menor que cuando soldados de la ONU llegaron a la isla hace seis años.
Durante el terremoto unos 4.200 presos escaparon al colapsar las cárceles. La policía sólo ha recapturado a 300.
Pero aparte de intentar saciar las necesidades más básicas de la gente, poco ha ocurrido.




























