-Mi vieja, a la que todos le decían Elena, pero en realidad se llamaba Eva Santarelli, era una mujer que trabajaba todo el día con el bordado, cocinaba como los dioses y era una fervorosa militante peronista. Yo no recuerdo un día que no trabajara. Bordaba blusas, hacía unos trabajos extraordinarios. En casa había días fijos para la comida: los jueves y los domingos había pastas, y un par de veces por semana mi vieja hacía un puchero exquisito, que venían a comer varios amigos.
-Se ganaba el puchero.
-Tal cual. Eran épocas en las que sobraba la comida porque estaba el peronismo. Había trabajo, comida, salud, medicamentos. Mi vieja era una militante peronista que iba a tocar el timbre. Algunos la puteaban y si había que pelearse se plantaba. Hablaba con todos.
-¿De ella heredaste el peronismo?
-Seguramente, y de mi viejo. Yo nací el 23 de febrero del 46 y al día siguiente Perón ganó su primera elección. Perón fue el mayor estadista del siglo XX, y este país es tan extraño que lo tuvieron proscripto 18 años. Perón hizo otro país, como los barrios, escuelas, hospitales y complejos como el Eva Perón de Baigorria, y los de Embalse y Chapadmalal. Cuando lo voltearon a Perón yo me sentaba en la mesa de un bar y dibujaba una P y un V. La tragedia argentina comenzó el 16 de septiembre de 1955 cuando derrocaron a Perón. En realidad había comenzado el 16 de junio de 1955 cuando la Marina bombardeó a su propio pueblo, en un caso único en el mundo, en la Plaza de Mayo. Eso está contado en la película “Bienvenido León de Francia”, que tiene las imágenes del ataque del Archivo General de la Nación, con un tango mío, muy piazzoliano, que se llama “308”, por el número de asesinados ese día.
-¿Por qué se llama “Bienvenido León de Francia”?
-”León de Francia” se llamaba una obra de radioteatro, que los milicos del golpe del 55 prohibieron porque decían que eran todos peronistas. Esas imágenes de los bombardeos, que no fueron difundidas, son terribles. Si te animás te invito a mirarlas. Hay una chica caminando a la que le cae una bomba al lado y queda sólo el tronco. Hay un hombre al que le falta media cara. Esos fueron 308 y entre los 700 heridos había algunos a los que les faltaba un brazo.
-¿Cómo nació tu pasión por el piano?
-De chico iba a ver los bailes que hacían los sábados en el Club Libertad, con una orquesta típica y otra de jazz. Siempre me llamó la atención el piano. Hasta que a los ocho años mi vieja me llevó al Conservatorio Balbazzoni, de Mendoza al 4900, donde los maestros me llenaron de halagos. En realidad yo era pianista antes de tener un piano, que recién pude comparme a los 31 años. Al año siguiente de haber comenzado en el conservatorio mi vieja fue a decirle que no iba a seguir porque no podía pagar, pero Balbazzoni no me dejó ir, me becaron y me dieron clases ocho años.
-¿Cómo comenzaste a trabajar en la música?
-En 1976 trabajaba en LT3, pero cuando vino el golpe me echaron y no me pagaron un peso. Ni siquiera cobré la reparación histórica que pagaron muchísimos años después. Empecé a trabajar en La Botica del 5, con (Ercilio Pedro) Gianserra y Mario Sánchez, donde grababa jingles con una orquesta, con los que hicimos giras por Santa Fe. Hasta que un día me llamó (Raúl) Granados, quien me llevó a El Clan y me dijo “siempre quise tener un pianista en el programa”. Ahí estaban (Alberto) Gonzalo, (Miguel) Tessandori, el padre Aparicio, (Alfredo) Velasco Ferrero.
-Quienes peinan canas recuerdan tus gastadas musicales al Pelado Yorlano.
-A Yorlano lo llevé al programa. El padre era jefe de Parques y Paseos y él también trabajaba ahí en la jardinería. Empezó con el fútbol en LT8, donde comentaba (Pablo Andrés) Cribioli, que era el mejor. Un día lo mandaron al Pelado a hacer un partido en Córdoba, un hincha le tiró una piña, que apenas le rozó la cara, y al otro día vino a la radio con unos anteojos negros enormes. “Me pegaron”, me dijo. Entonces le dije que tenía que ir al canal, y así empezó en El Clan.
-¿De dónde viene tu origen canalla?
-De mi viejo, mi hermano mayor, mi padrino y mis tíos. Soy socio desde que nací, tenía el carnet de cuero marroncito. Me acuerdo de un día que habíamos ido con mi hermano, 11 años mayor, a la popular del río, en la cancha vieja, y en un momento lo perdí. No lo veía por ningúna lado hasta que lo encontré: estaba corriendo por arriba de las mesadas de los choripaneros, que estaban pegadas al alambrado, corriéndolo y putéandolo al línea porque nos había cobrado un orsai.
-¿Cómo era tu relación con la gente de Newell’s?
-Correcta. Yo trabajaba en el Bar La Fragata (de Córdoba y Mitre), donde venían el Nene Magán, Bentrón, Sotelo, Mario Zanabria, Canción Montes. Iba a las dos canchas hasta que un día vino (el presidente Eduardo María) Gallo y me dijo que no fuera más.
-¿Cómo era Gary Vila Ortiz, un maestro del periodismo?
-Gary vino un día en El Clan y me pidió al aire que le tocara la marcha de Newell’s y le dije que no la sabía. Otro día Gary vino en un corte de El Clan con esta idea: “Dice mi papá que quiere vernos en una charla de historia del cine musicalizada con el piano, un viernes en el Jockey Club. Podemos preparar algo”. Por supuesto que jamás preparamos nada. El viernes me llamó Gary para decirme que nos esperaban. Llego al Jockey y había un tipo esperándome en la puerta. Me llevaron al quinto piso con Gary, donde tomamos unas copas con los dirigentes hasta que uno dijo “¿Vamos?” y bajamos al primer piso. Hasta ahí yo pensaba que iba a ser una charla para diez personas, que son las que entran en la sala donde tienen el piano de cola, pero cuando llegamos al primer piso vi un equipo de sonido en la puerta. “¿Qué es esto?”, le pregunté a Gary. “Somos nosotros”. Entonces abrieron las puertas y entramos a un salón auditorio donde había más de 500 personas. Me quería morir. Yo me senté al piano y me entregué para que me mataran en ese mismo momento.
-¿Cómo les fue?
-”Ustedes saben que la creatividad nace de la improvisación, por eso no hemos preparado absolutamente nada. El cine en sus comienzos era totalmente mudo”, comenzó Gary y yo empecé a tocar un ritmo más lento en algunas partes, que alternaba con otro más rápido, como era el cine de los primeros tiempos. Y así siguió con películas emblemáticas de la historia del cine, como “Doctor Zivago” o “Ultima nieve de primavera”, muchas de las cuales conocía su música porque cuando tocaba en La Fragata, la calle Córdoba y el centro estaban llenos de cines, así que me iba a los cines Radar, Palace, Gran Rex y Monumental y me aprendía las melodías. Al final todo salió redondo y cuando salimos vino Gary y me djo: “¿Viste que no salió tan mal?”.
-¿Qué música escuchás?
-Escucho todo tipo de música, pero sobre todo escucho mucho folclore. Cada músico tiene su especialidad, yo escucho una melodía y vengo al piano y la toco. En folclore escucho a Marga Cullen, una porteña de 20 años, que llegó a la final de La Voz y perdió, pero que es la única que saltó la barrera. Grabó con Spatocco una versiónj de “Zamba del riego”, con letra de Armando Tejada Gómez, que te enseña la letra. Es el nuevo folclore cuyano. Igual que el Rali Barrionuevo.
-¿Por qué decís que es el nuevo folclore?
-Porque te lleva a escuchar la letra. A Falú le preguntaron por qué no iba más a Cosquín y les respondió: “Voy a ir cuando me garanticen que dejen de pedir las palmas”.
-¿Por qué te mudaste a Funes?
-Porque Funes era un pueblo con mucho parecido con el barrio, que en muchos sentidos todavía es: te despertás con los pájaros, tiene mucho verde, flores, aire puro, una vida silenciosa, la siesta.
-¿Vivís en un barrio abierto o cerrado?
-¡Abierto! ¡Ni loco viviría en un barrio cerrado! No sabés cómo sufría cada vez que iba a verlo al (exgobernador de Santa Fe José María) Tati (Vernet) en el Kentucky. Era más fácil entrar al (Batallón de Comunicaciones) 121 cuando hice la colimba que al Kentucky.
-¿Cómo cambió Funes en los últimos años?
-Yo pedía esto hace muchos años y Funes creció mucho hacia el oeste, hacia la salida por Mendoza. De a poco fue creciendo mucho. Ahora tenés una YPF. El comienzo fue medio caótico, pero el (intendente) Roli (Santacroce) lo fue acomodando. Ahora es otra cosa. No tenés que ir a Rosario a comprar ni una camisa ni una pizza.
-¿Cómo es la vida en Funes?
-En algún sentido se parece a la vida de un barrio. En Azcuénaga en cuatro cuadras teníamos todo: por Mendoza, el Cine Mendoza, el Club Libertad, la iglesia y la escuela. Y ahora, en Funes City, mi hija vive a la vuelta y el otro día vino Ricardo, un profesor del barrio, a las 11 de la noche, a avisarme que teníamos el portón abierto. El perro se nos escapó tres veces y en todas ellas vino a traerlo un vecino que no conocía. Pero en el centro de Funes también pasa eso de la solidaridad entre los vecinos.
-¿Cómo hacés para mantener la melena a los 78 años?
-No sé, trato de hacer lo que me gusta sin volverme loco. Sólo tengo la secundaria, jamás pisé la facultad y escribí dos libros (uno de 30 notas de opinión publicadas en La Capital y “Aromas del tiempo”). Y trato de seguir los tres consejos de un médico de Miami para llegar a los 100 años: comer carne y huevos, tomar sol y hacer una vida al aire libre y, lo más difícil de todo, ser feliz.