Si la emoción es un frío que recorre la espalda y transporta el alma, eso es precisamente lo que logra el violinista Leandro Lovato en el estudio de su coqueta casa del barrio rosarino Portal de Aldea, casi una extensión de Funes, cuando interpreta su bellísima zamba “Donde mueren las palabras”, con inconfundibles aires –parecen acordes– tangueros. “Es una zamba, es argentino. El estribillo tiene como un desarraigo” confía este violinista, compositor y director musical baigorriense de 46 años, quien vive en Rosario pero desarrolla gran parte de su vida en Funes, donde vivió con su familia mientras dos de sus tres hijos eran pequeños.
Cabello corto canoso y barba candado, ojos claros, pullover y botas negras y vaqueros, el Lele Lovato parece otro cuando se saca su inconfundible gorrito de lana blanco. El músico –que ostenta un anillo de oro con una herradura y un caballo en la mano izquierda, varios de plata en la derecha y un Rosario también plateado debajo del pulóver y aparece como el heredero cultural del recordado violinista santiagueño don Sixto Palavecino– produce y graba sus obras en su estudio del extremo noroeste rosarino: una enorme sala insonorizada donde conviven dos violines hechos a medida –Gardel y otro, erguidos como si estuvieran de guardia–, con micrófonos, pies, una mesa enorme con consolas, bafles, una computadora y siete cuadros con fotos del violinista.
—¿Por qué don Sixto tenía otra forma de tocar?
—Porque el violín se coloca contra el cuello, debajo de la pera, en cambio Sixto lo apoyaba en el pecho para poder cantar y sonaba distinto.
—¿Cómo nació tu berretín por el violín?
—Por mera casualidad. A los ocho años yo tenía un charango prestado, fui con mi viejo a Oliveira Musical a comprar una cuerda y salí con los dos instrumentos. Era el peor cliente de la casa de música porque estaba tres horas, tocaba todos los violines y sólo compraba una cuerda para el charango. Como vio que era muy inquieto, Oliveira le dijo a mi papá que tenía un viejo violín roto, que él no iba a arreglar y que si quería me lo regalaba. Mi viejo había tocado el violín como aficionado, así que volvimos a casa y lo arreglamos como pudimos, pero en realidad no había quedado bien.
—¿Ese fue tu primer violín?
—Sí, pero cuando fuimos a ver al maestro Aurelio Puccini, un lutier que tenía un taller con 50 o 60 violines y que tocaba en la orquesta La Guardia Vieja del 900, vio el violín y le dijo a mi papá: “Esto es un desastre, no está ni afinado. Si usted quiere yo le enseño”. Vivíamos en Donado y Juan José Paso, en Fisherton, así que con nueve años mi viejo me subía al Villa Diego (bandera) rojo y estaba una hora y media hasta Arijón y el pasaje Einstein, donde me esperaba don Aurelio. Hasta que un día que había juntado unos pesos con las estampitas de la comunión fui a comprarme mi primer violín. Puccini, un gran tanguero, tenía un violín al que llamaba Gardel “porque cada día toca mejor” y yo también le puse Gardel al mío.
—¿En la secundaria te llevabas todas las materias menos música?
—No, pero me invitaron a irme de dos escuelas. En Las Heras, de Rawson y Junín, y en la Pedro Cristiá, de Arroyito. No me gustaban materias como Estenografía y Mecanografía, Legislación Impositiva e Inglés. Y la profesora de Inglés, Miss Huber, un día me dijo: “Tuve los dos peores alumnos de Inglés: Fito Páez y vos”.
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—¿Qué vínculos familiares te unen con don Sixto Palavecino?
—Sixto Palavecino paraba en la casa de mi abuelo, que se llamaba Francisco Solano, como el jesuita que introdujo el violín en América y se los tocaba los aborígenes. Es increíble que se llamaran igual. Mi abuelo era amigo de don Sixto, quien paraba en su casa en Rosario cuando viajaba a Buenos Aires. Ahí se armaban guitarreadas y asados, así como en Luz y Fuerza de Granadero Baigorria. Así me hice amigo de él y grabamos en yunta su último disco “Por la misma huella”.
—¿Le debés a don Sixto tu carrera como solista?
—Soy solista por él. Un día yo tocaba con (la extinta cantante) Tamara Castro, el Chaqueño Palavecino y Peteco Carabajal, y don Sixto me agarró y me dijo: “¿Cuándo vas a tener voz propia?”
—¿Y cuándo comenzaste a tenerla?
—En 1990, cuando en su casa de Santiago del Estero le pedí grabar una canción con él para rescatar su obra. Don Sixto ya estaba grande, pero a partir de ahí empezó a desmejorar su salud, dejó de viajar por tierra y sólo lo hacía por avión. Hasta que un día me llamó por teléfono a casa y me dijo: “¿Lovatito, todavía querés grabar conmigo? Vete a buscar un estudio en Buenos Aires”. Así que nos fuimos a grabar con él y con Soledad (Pastorutti) a Escalante, en la avenida Independencia. Me acuerdo que cuando terminamos me dijo: “Espero que no me hayas hecho perder el tiempo. Has empezado a grabar tu disco”.
—¿Cómo resolviste el vínculo profesional con Tamara Castro?
—Ahí pensé “¿cómo le cuento?”. Primero me hizo puchero, pero después lo entendió. Igual me llevó dos años y medio dejar de trabajar juntos, hasta que ella quedó embarazada.
—¿Qué pasó con tu primer disco “Herencia”?
—Firmé el contrato con la disquera en la primera semana de diciembre de 2001 y a las 48 horas explotó el país, así que me llamó el productor, Jorge Gorriti, quien se portó muy bien, y me dijo: “Rompemos el contrato porque el disco que valía 15 pesos ahora vale 100”. ¿Quién iba a comprar un disco a 100 pesos? Así que me dejó dos mil discos al precio viejo. Ese fue el único disco donde no salgo con el gorrito.
—Tu historia del gorrito me recuerda a la del volante de Huracán Israel Damonte, quien se sacó el platinado del pelo cuando le vendieron a México, pero tuvo que volver a teñírselo a pedido de los mexicanos.
—Tal cual. Un día estábamos en la plaza de Brandsen, en Buenos Aires, por un recital, y le pregunté a una vendedora de artesanías cuánto valía este gorrito. Salía 15 pesos, me dijo doña Rosa, quien me explicó que le llevaba dos horas tejerlo. Entonces Tamara Castro, que siempre fue muy sagaz, le dijo que si le llevaba dos horas cada gorrito nos podía tejer cuatro para el día siguiente. Así que me volví con cuatro gorritos. Y la fotógrafa Alejandra Trujillo, de San Lorenzo, me hizo fotos con el gorrito y me pidió que no me lo sacara para hacer la tapa del disco “Donde mueren las palabras”, que fue el primero en el que salí con el gorrito.
—La fotógrafa la vio.
—La vio antes. Cómo será que un día fuimos a tocar a Lavadero Pub, en Reconquista, porque era un lavadero de día y un pub de noche, donde caí sin el gorrito y el dueño me preguntó si no venía el violinista, el del gorrito. “Sí, después viene”, lo tranquilicé. Y al rato el tipo volvió a nuestra mesa a decirnos “que venga el violinista del gorrito porque yo los contraté por él”. Así que desde ese día nunca más me saqué el gorrito para tocar por la poderosa influencia de tres mujeres: Tamara Castro, doña Rosa y Alejandra Trujillo.
—¿El término violinisto es un neologismo de don Sixto Palavecino?
—Violinisto es un término de Sixto, creado a partir de su estilo latinoamericano de tocar el violín. No hubo ni habrá alguien que tenga esa forma de tocar el violín, de alguien que viene del monte.
—¿Sos el heredero de don Sixto?
—No, soy su mayor alumno. No va a haber otro. Sixto tenía ese estilo de tocar el violín que venía de su vida en el monte, en cambio yo tengo una forma de tocar influida por la ciudad. Lo mío es más enérgico, más agresivo y vertiginoso. Soy de acá y vivo en medio de tanto ruido.
—¿Por qué te quedaste a vivir en Funes y en Rosario?
—En su momento elegí vivir en Funes porque era el equilibrio justo entre Rosario y el campo. En 2001 fuimos a vivir a la altura de la garita 7, frente al cementerio, donde estuvimos varios años con nuestros dos primeros hijos hasta que nació el tercero y decidimos irnos porque no teníamos gas ni agua potable. Un día estábamos cocinando, se nos terminaba la garrafa de 15 kilos y tenía que salir corriendo hasta el autoservicio Pablo -donde todavía voy- a comprar otra para terminar de cocinar. Nunca me quise ir de acá. Tendría que haberme ido a vivir a Buenos Aires hace 20 años, pero decidí quedarme a criar a mis hijos.
—Pusiste en riesgo tu carrera.
—Fue una decisión. Había una lista de músicos que corrían con ventaja al vivir en Buenos Aires y yo estaba fuera de los medios. Tengo el orgullo de haber podido criar a mis hijos. En aquel momento era distinto, no había celular ni redes sociales. Ahora hago todo acá, en mi estudio. Vivo en Rosario, pero hago mi vida en Funes. Mis hijos estudiaron en el Nazaret, de Funes, y mi hija estudia Producción Musical en La Siberia.
—¿Sos un violinisto urbano?
—Sí. Absolutamente.