Nuestro planeta se caracteriza por ser un entramado de complejidades y equilibrios. Alterar estos equilibrios puede traer consecuencias devastadoras para la biodiversidad y para la humanidad. El océano, por sí mismo, refleja las mismas características. Se trata de un sistema en el que interaccionan corrientes, temperatura, salinidad, nutrientes, que regulan de forma muy eficiente el clima y que ha permitido que haya vida en el planeta. Hoy, con respaldo científico, podemos afirmar que esta gran masa azul es fundamental no solo para la vida tal como la conocemos hoy, sino también para garantizar su continuidad en el futuro. Sin embargo, hay una gran diversidad de amenazas que podrían alterar su equilibrio. En los últimos años existió una gran preocupación sobre la desaceleración de la "cinta transportadora oceánica" .
¿Qué es la cinta transportadora oceánica?
En los océanos, el movimiento del agua varía según la profundidad. En la superficie, hasta unos 200 metros, el agua es impulsada principalmente por el viento. Sin embargo, en las profundidades, el flujo está dominado por la circulación termohalina, también conocida como la "cinta transportadora oceánica". Estas dos corrientes no funcionan de manera aislada, sino que están interconectadas y juntas forman un ciclo continuo que regula el clima y distribuye nutrientes esenciales por todo el planeta. Un ejemplo de esta interacción es la Circulación de Vuelco Meridional del Atlántico (AMOC, por sus siglas en inglés), un sistema de corrientes que transporta agua cálida desde los trópicos hacia el norte y devuelve agua más fría hacia el ecuador. Este mecanismo actúa como un moderador climático, llevando "un poco de calor" al norte y "un poco de frío" al sur, ayudando a equilibrar las temperaturas a nivel global. Sin estas circulaciones, el clima sería mucho más extremo, con mayores contrastes entre las regiones cálidas y frías del planeta.
La importancia de este flujo de agua se refleja en el inmenso volumen de agua (unos 20 millones de metros cúbicos por segundo) y el calor que desplazan, por lo que su influencia en el clima es enorme. Pero, ¿qué las impulsa?
El flujo de las corrientes termohalinas ocurre debido a diferencias en la densidad del agua, generadas por cambios en la temperatura (termo) y la salinidad (halina). Este proceso comienza en las regiones polares, donde el agua se vuelve más densa por su baja temperatura y alta concentración de sal, debido a la formación del hielo. El agua fría y densa desciende hasta las profundidades del océano y se desplaza hacia las regiones ecuatoriales. Allí se encuentra con aguas más cálidas y menos densas, lo que provoca una mezcla que impulsa el ascenso de estas masas profundas hacia la superficie. Una vez en la superficie, el agua vuelve a desplazarse hacia los polos debido al flujo que provoca el descenso de las masas de agua que se hunden al principio, comenzando de nuevo el ciclo.
El océano y el cambio climático
El aumento de la temperatura global está derritiendo los glaciares. La NASA estimó que la Antártida pierde aproximadamente 150.000 millones de toneladas de hielo al año, mientras que Groenlandia pierde cerca de 280.000 millones. El agua derretida es más dulce y menos densa, y, al mezclarse con el agua salada de las regiones polares, podría desacelerar, o incluso detener, el hundimiento que provoca la circulación termohalina.
También, se ha demostrado que el océano ha absorbido casi el 90% del exceso del calor generado por el hombre, concentrándose principalmente en su superficie. Esto podría reducir la diferencia de temperatura entre las regiones polares y los trópicos, debilitando así las circulaciones oceánicas que dependen de este contraste térmico para mantenerse activas.
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Impactos de una circulación más débil
Aunque existe mucha incertidumbre sobre el comportamiento futuro de estas corrientes debido a la complejidad del sistema, las posibles consecuencias de su desaceleración o detención generan gran preocupación. Se estima que se provocarían cambios en los patrones de precipitación, aumentando la frecuencia de sequías en algunas regiones y de inundaciones en otras, además de contribuir al aumento del nivel del mar y a la intensificación de huracanes. Asimismo, una reducción en el transporte de nutrientes que sustentan la vida marina pondría en riesgo ecosistemas enteros, mientras que los ecosistemas adaptados a ciertas temperaturas podrían sufrir graves perturbaciones debido a los cambios térmicos, comprometiendo la biodiversidad y el equilibrio ambiental.
El planeta ya ha enfrentado anteriormente el debilitamiento de estas corrientes. Hace aproximadamente 12.000 años, durante la última era glacial, la circulación se detuvo de manera natural, posiblemente como resultado de la formación de las capas de hielo que cubrían los océanos. A pesar de este evento, la vida logró adaptarse y continuar.
Es importante entender que los cambios anteriores que provocaron la detención de las corrientes oceánicas se han desarrollado en escalas de tiempo mucho más prolongadas que los cambios ocasionados por las actividades humanas desde la Revolución Industrial. Estas alteraciones repentinas dificultan la capacidad de los ecosistemas para adaptarse y mantener su equilibrio.
Situación actual
La comunidad científica mantiene un debate constante sobre la estabilidad futura de la AMOC y no logra aún llegar a un acuerdo. Por un lado, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) ha considerado improbable una detención de la AMOC durante el siglo XXI. Sin embargo, un estudio de la Universidad de Copenhague asegura, con un 95% de certeza, que la AMOC podría colapsar entre 2025 y 2095, siendo 2057 el año más probable para este evento.
Recientemente, investigadores de la Institución Oceanográfica Woods Hole (WHOI) han determinado que la AMOC es más estable de lo que se creía, desafiando estudios previos que sugerían variaciones significativas en las últimas dos décadas. Sin embargo, advierten que esta aparente estabilidad no asegura su futuro.
En la era moderna, la humanidad depende en gran medida de la estabilidad del entorno natural para garantizar su desarrollo y bienestar. Aunque hay mucha incertidumbre, lo que es indiscutible es la importancia de continuar investigando y no perder de vista la salud de nuestros océanos.