Escenario

El maestro del bandoneón, a la vuelta del siglo

El virtuoso músico rosarino, que acaba de cumplir 88 años, recuerda junto a escenario momentos clave de su vida artística

Sábado 16 de Diciembre de 2017

Es una madrugada de 1978 y Rodolfo "Cholo" Montironi, al palpar las teclas de su bandoneón con las yemas de sus dedos, acaricia el Cielo: está actuando en Caño 14, "la catedral del tango", el mítico local de la calle Talcahuano 975 de Buenos Aires.

En el 78 Caño 14 está en su esplendor, el whisky importado es el combustible que anima sus mesas y su glamour se resume en algo sencillo: allí se concentra lo más granado y talentoso del tango; lugar exitoso por donde se lo mire, siempre colmado de martes a domingos, Caño 14 resulta además exótico y eso explica la notable presencia de turistas extranjeros en el lugar.

El Cholo sabe todo esto, tiene entonces 49 años y se presenta en trío, junto a Héctor Stamponi en piano y el extraordinario rosarino Omar Murtagh en contrabajo; los tres acompañan al cantante Jorge Sobral (con quien Montironi ha regresado hace poco de hacer unos shows en Río de Janeiro). Esa noche porteña, en un intervalo del espectáculo, que nunca comienza antes de las 23, alguien del público se le arrima y le dice: "¿Maestro, por qué no se vienen a tocar a España?". La invitación no está en boca de cualquiera: quien habla es Alfredo Di Stéfano, el crack que había descollado en el Real Madrid y para algunos el mejor de todos los tiempos.

   "Me gustaría mucho que vengan a Madrid, me dijo Di Stéfano esa noche, y fuimos con Sobral, y ahí empezó todo en España...", dice ahora Montironi, sentado en el living de su casa, en Granadero Baigorria. Lo que "empezó" en España y que Montironi desgrana casi al detalle en su diálogo con Escenario es una sucesión de espectáculos, grabaciones, nuevas convocatorias, viajes, etcétera, que provocan un despegue virtuoso de su carrera en Europa. Es cierto que antes ya tenía un prestigio reconocido hacia el interior del mundo del tango: había recorrido además países de Sudamérica, había tocado con Sobral en diversos locales de Brasil y venía de realizar, en 1977, una gira de noventa días por Estados Unidos (tocó en el Madison Square Garden de Nueva York) y Panamá junto al cantante Alberto Morán. Pero es a partir de esa estancia en España, Di Stéfano mediante, cuando todo se dispara. Y básicamente se trataría de más oferta de trabajo.

   Es que Montironi -además de formar parte de esa universidad sin edificios ni manuales llamada "escuela bandoneonística rosarina", junto a Julio Barbosa, Antonio Ríos, Fernando Tell, Julio Ahumada, Omar Torres, el "Marinero" Montes, Domingo Federico y Néstor Marconi, entre tantos otros- representa una generación de tangueros que hizo de su vida un trabajo constante, que hizo de ese trabajo un arte único, y que, además, construyó ese arte casi siempre por encargo, bajo presión, con las agujas del reloj corriendo endemoniadas frente al velador que alumbraba los papeles de la partitura inconclusa. Tantas veces como ahora el Cholo y esos tantos debieron escribir contrarreloj el arreglo orquestal para la cita nocturna. Habitante de cada rincón de la noche, esta generación de músicos tangueros de la cual el Cholo es un fiel exponente no hizo más que trabajar para forjar su arte al calor de esa transpiración.

   Lejos de ellos está la imagen del compositor demasiado tranquilo y aislado, alejado del mundanal ruido, meditando durante meses las páginas de su trabajo siguiente. En estos tangueros en cambio, bajo el imperio de la madre noche, arte y oficio, presencia académica y mugre indescriptible del fraseo se fundían para lo singular. El amanecer generalmente los encontraba tomando el último café y acaso ahí sí pensando cómo quitarle horas al sueño para cumplir con lo que venía, antes que la noche, otra vez, fijara sus reglas.

   Virtuoso bandoneonista, asombrosamemente diestro en el manejo de su instrumento, Rodolfo Cholo Montironi nació en Rosario hace 88 años (los acaba de cumplir), de chico se fue a vivir a Granadero Baigorria (cuando aún la ciudad se llamaba Pueblo Paganini), y sostiene desde hace siete décadas el mismo trajín: "Ahora cierro el año tocando en Rosario, mientras preparo mi nuevo disco para Radio Francia Internacional. Será un disco de bandoneón solo, y será música religiosa: aires españoles y páginas de Bach, Schumann, Schubert. Ya hice otros discos para ellos que se grabaron allá, pero ahora será al revés. Lo grabo aquí y lo editan allá".

Espejo retrovisor. El diálogo con el Cholo va y viene del siglo XX. En su bandoneón parece tener atornillado un espejo retrovisor que le devuelve espacio y tiempo pasados: "Mi trío de ahora, aquí en Rosario, es con Javier Lo Re en piano y Jeremías Serpi en contrabajo; con ellos tocamos mucho, no sólo en la ciudad, sino también en Cañada de Gómez, Reconquista, Rafaela ? Seguramente este año que comienza volveremos a esos lugares. Pero ya que estamos hablando de todo un poco me gustaría que volvamos a ese 1978 en Caño 14...".

   Como guste, maestro: "Ese año fue muy importante, ¿sabe por qué? Porque ese año le dieron a Rubén Juárez el Disco de Oro. Era un disco que él había grabado con la orquesta de cuerdas de Atilio Stampone y en el que habían participado, en distintas piezas, los bandoneones de Leopoldo Federico, Armando Pontier, Carlos García y Raúl Garello. Resultó que a la hora de presentar el disco en Caño 14 Juárez quiso que el bandoneón solista, junto a las cuerdas, fuera yo. Y así fue. Y después vino eso que le conté de la invitación de Di Stéfano. Entonces nos fuimos con Sobral a España, a tocar primero en la Sudamérica Boite de Madrid: estuvimos enero, febrero y marzo de 1979, e hicimos eso durante tres años seguidos...".

   Como una réplica de lo ocurrido en Caño 14 con Di Stéfano, el tercer viaje a España de Montironi le depararía algo similar. Entre julio y noviembre de 1980 se presentaban con Sobral en el Jardín Tropical y en la Sudamérica Boite de Madrid, pero cuando tenía "día libre" en esos locales él salía a tocar, solo, en dúo o en cuarteto, en las que él llama "galas en provincias": Murcia, Segovia, Granada, Toledo, Sevilla, Málaga. "Y bueno, es que trabajábamos en muchas casas en España, en seis o siete por lo menos, ¿sabe? Y resulta que un día estábamos tocando en un lugar que se llamaba El Locro, de Madrid, y aparece Juan José García Caffi, que era el director de la Orquesta Nacional de España; a él le gustaba mucho el tango, y entonces me ofrece participar de las audiciones para grabar la ópera rock Evita, con Paloma San Basilio, Patxi Andión y otros. Audicioné y quedé yo. Fui el bandoneón elegido", recuerda. Y agrega: "Yo trabajaba en los locales y cuando terminaba cada noche me venían a buscar para ir a grabar. Me acuerdo que había mucho frío y niebla en esas noches de Madrid".

   En su casa de Baigorria el Cholo tiene muchos papeles, todos bastante ordenados y algunos de ellos son un verdadero diario. Con excelente caligrafía, escrita a pluma, hay una página que dice "índice". Véase lo que, según ese "índice", era el trabajo de Montironi unos meses de 1980 en España: entre el 15 y el 31 de octubre de 1980 graba para la CBS en los estudios Sonoland de Madrid la ópera rock Evita, pero eso no interrumpe sus trabajos con Sobral en los locales antes mencionados. Un mes antes, el 23 de septiembre, graba un disco de tangos para Venezuela; el 10 de octubre registra uno instrumental, Papeles, para Fonogram; en noviembre y para la CBS, también en los estudios Sonoland, registra otro junto a la cantante Conchita Márquez Piquer, y el 21 de octubre, para la RCA, uno con Dioni Velázquez. Y concluye el '80 con seis shows en el Florida Park de Madrid con Conchita Márquez Piquer y una gran orquesta.

A París. "Otra noche de 1981 estaba tocando en un local llamado La Bohemia, en Santander y allí me contacta Pepe Libertella para ir a tocar al Trottoirs de Buenos Aires, en París. Viajé entonces para ver de qué se trataba. Cuando llegué estaban tocando, ese día, Horacio Salgán y Ubaldo De Lío. Fui por cuarenta días y me quedé doce años. Pero siempre fui y vine, nunca me quedé allí todo el tiempo", aclara. El Cholo pasó a integrar el plantel estable del legendario lugar parisino; la formación era piano, contrabajo, bandoneón y guitarra, y después se agregaría un bandoneonista más, otro nombre célebre de Rosario: Osvaldo "Marinero" Montes. "La Guerra de Malvinas me encontró allá en París. Llegué a la Argentina para la batalla final. Cuando en el 82 regresé a Francia ya hacía, por entonces, los arreglos para todos los cantantes que pasaban por el Trottoirs", apunta.

   La imagen del Cholo tocando y alguien del público que lo adivina para otra aventura se repite: otra noche de 1993 está trabajando en el restaurante argentino La Carreta, que está sobre La Gran Vía, en Madrid, junto a Rubén Juárez. Allí lo va a ver el director de orquesta Luis Cobos. "Lo vengo a ver de parte de Leopoldo Federico para grabar unas obras con la Royal Philarmoniq Orchestra de Londres -me dijo-. Cobos estaba todo vestido de negro esa noche, le gustó mucho cómo toqué y entonces viajé a Londres para grabar. Grabé nueve temas, entre ellos «El día que me quieras», «El choclo», «Lejana tierra mía», «La Cumparsita». ¡Y viajé a Londres en primera! Fue la primera vez que viajé en primera, porque si no, siempre en clase turista, siempre había que ahorrar"

   Después de una hora de conversación, el Cholo toma su "Alfred Arnold", el alma con fuelle que duerme a su lado. Sigue hablando y su voz teje un contrapunto con las melodías que respira el "doble A", a las que va armonizando como le venga en gana ("Con el bandoneón se puede tocar cualquier cosa, pibe, es como un órgano portátil", dice). Toca tangos, un fragmento de "Yesterday", da paso al "Ave María" de Schubert, deja que todo fluya... Ha decidido que el final de nuestro diálogo sea así: él tocando y nosotros escuchando. La fotógrafa intenta la toma que mejor lo exprese, su fiel amigo Rubén lo mira con respeto y admiración. Nadie habla. Cae la tarde en Granadero Baigorria, el calor nos hunde a todos un poco más y el Cholo, solo frente a su altar, le pone música a ese silencio.

"Nada define mejor la idiosincrasia de un pueblo que su propia música"

"Nada define mejor la idiosincrasia de un pueblo que su propia música", comentó Rodolfo Montironi a propósito de la declaración del tango como Patrimonio Cultural de la Humanidad por parte de la Unesco. "Si se piensa bien -dice-, el tango es el fenómeno más asombroso que se haya dado en la música popular, identificándose con el proceso de evolución social y cultural de la ciudad, que lo incorpora a su acervo como su más auténtica manifestación". Para Montironi, "la influencia de sucesivas corrientes renovadoras determinaron sustanciales transformaciones de contenido y forma en la escritura del tango" y "las nuevas concepciones estéticas fueron modificando los estáticos criterios tradicionales". Y sentencia: "Entre todas las músicas populares, el tango es la más elaborada, la más intelectual, la más pensada, la más razonada. No pasa de moda".

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