El Mundo

Los bombardeos en Siria y Afganistán y la incierta política exterior de Trump

En plena campaña electoral, Donald Trump tuvo un breve encuentro con miembros de Defensa del gobierno, quienes le informaron sobre la capacidad armamentista del país.

Domingo 16 de Abril de 2017

En plena campaña electoral, Donald Trump tuvo un breve encuentro con miembros de Defensa del gobierno, quienes le informaron sobre la capacidad armamentista del país. El entonces candidato, con su visión empresarial, quiso saber cuánto había costado equiparse de todo ese arsenal y ante la "billonaria" respuesta no dudó en preguntar: "¿Por qué no lo usamos entonces?". La frase encerraba toda una concepción que en los primeros 100 días de su gestión, pero sobre todo en la última semana, se vio plasmada en la realidad. Trump carece de una política exterior comprensible y parece manejarse con reacciones espasmódicas (los cambios de posición respecto a Rusia, la Otán, China y el presidente sirio, Bashar Assad son sólo algunos ejemplos) que le sirven también para hacerse fuerte en el escenario interno.

No hay mucho de novedoso en esa estrategia que tuvo en George W. Bush a uno de sus máximos exponentes y en la invasión a Irak de 2003 una de las violaciones más flagrantes a las normas de la ONU: se perpetró sin autorización del organismo internacional y en base a la mentira de que el dictador Saddam Hussein poseía armas químicas.

Trump, con serios problemas de credibilidad entre los estadounidenses y tironeado por el ala belicista de los republicanos y por todo el arco demócrata, lanzó la semana pasada un masivo ataque contra una base naval en Siria, esgrimiendo el argumento de que el gobierno de Assad había utilizado armas químicas contra la población civil y que su "límite" fue haber visto morir a niños y bebés. No pareció tener el mismo límite luego del ataque perpetrado pocas semanas atrás en Mosul por la coalición que lidera Estados Unidos y que provocó más de 250 muertes civiles, entre ellos muchos niños. Fue la mayor masacre cometida en Irak desde la invasión de 2003, pero no mereció comentario alguno por parte de Trump.

Al igual que el entonces secretario de Estado norteamericano Collin Powell con Irak en 2003, el mandatario estadounidense no aportó una sola prueba de que el gobierno sirio haya sido el responsable del ataque con armas químicas y ni siquiera la Organización para la prohibición de Armas Químicas (OPAQ), de las Naciones Unidas pudo determinar qué tipo de gas fue empleado en el extraño ataque. Es más, el sitio web suizo Observateurs reveló que el supuesto médico que desde un supuesto hospital fue relatando todo bajo el seudónimo de Shajul Islam, pertenece al Estado Islámico (EI) y específicamente a un grupo que secuestró al periodista británico John Cantlie en 2012, hecho por el que fue juzgado por "terrorismo" en el Reino Unido. El ataque, sin autorización de la ONU ni del Congreso de Estados Unidos, sin embargo, se produjo igual logrando el rédito que buscaba: revertir su mala imagen haciendo la guerra contra otro gobierno al que se califica como enemigo de los "valores occidentales". Estrategia que de tan vieja y remanida sorprende muy poco.

El jueves, con el lanzamiento de la llamada "madre de todas las bombas", se presentó un escenario similar que abrió otros interrogantes, ya que Afganistán no es en la actualidad el lugar de mayor poderío del EI como sí lo son Irak y Siria.

Pareció, en cambio, un mensaje dirigido a Corea del Norte en línea con lo anticipado por el secretario de Estado, Rex Tillerson, quien afirmó que Estados Unidos tendrá un "enfoque diferente" frente al programa nuclear norcoreano, al que consideran una amenaza real. Pero Pyongyang no se quedó callado y advirtió que está preparado para un ataque preventivo de Estados Unidos. Clima de guerra, presidente con imagen fuerte frente a enemigos demonizados como gustan tener los estadounidenses y demostración de poderío militar, un combo perfecto para evitar la falta de respuestas sobre el incierto destino que Trump busca darle a su política exterior.

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