Cuando Kim Jong-un y Donald Trump se sentaron a negociar, el líder norcoreano confió a la prensa que tenía la sensación de que la segunda cumbre entre ambos terminaría con algún tipo de acuerdo, pero su instinto lo traicionó. Poco después regresaba a su hotel en Hanói sin acuerdo alguno. Nunca es fácil estimar los cálculos previos de Kim en una negociación, pero la culminación de dos días de reuniones con Trump parecía un desastre con mayúsculas. Kim llegó en busca de una mitigación de las sanciones, que Trump dijo que no podía darle. Antes de la brusca partida, Kim parecía estar a punto de obtener algo que no lograron su padre ni su abuelo: una declaración del fin de la Guerra de Corea por parte de EEUU. Tampoco lo obtuvo, pero no regresa con las manos vacías. El líder norcoreano tal vez exageró sus expectativas sobre las sanciones, pero demostró ser un negociador duro, algo que Trump difícilmente olvidará. Su legitimidad creció, ya que convenció al hombre más poderoso del mundo que viaje a Asia dos veces en menos de nueve meses. Adicionalmente, al anunciar el fracaso del diálogo, Trump siguió elogiando a Kim y destacando que la cumbre fue amistosa y constructiva. Más importante aún, dejó la puerta abierta para seguir negociando. Kim sabrá aprovecharlo. Ya dio grandes pasos hacia socavar el apoyo a las sanciones por parte de China y Corea del Sur, y se prevé que seguirá presionando para alejarlos de la política de máxima presión de EEUU, la que luce cada vez más frágil. Trump dijo que Kim prometió mantener su moratoria sobre los ensayos misilísticos y nucleares, de manera que la falta de acuerdo no significa que las partes regresarán en lo pronto al estado de crisis.




























