Historias del aula

Con ganas de jugar con la pintura

El artista plástico Milo Lockett afirma que "si recuperamos el juego tendremos un niño feliz que también lo será de adulto". Compartió una jornada con chicos y chicas de una escuela especial

Sábado 16 de Diciembre de 2017

"Me llamo Milo Lockett, soy pintor y vine a conocerlos", se presentó el artista plástico aquella mañana en la Escuela Especial Nº 1.383 Nuestra Señora de la Esperanza, de Granadero Baigorria. No es tan frecuente que un personaje reconocido en el ámbito nacional e internacional viaje para encontrarse con un grupo de alumnas, alumnos y docentes, comparta una jornada distendida y pinte un mural en la fachada de la escuela. Sin embargo, Milo (Guillermo Emilio) acostumbra a escaparse cada tanto de una agenda cargada de actividades y compromisos, para rodearse de chicos que lo inviten a hacer lo que más le gusta: pintar.

El artista nacido en Resistencia, Chaco, vive ahora en Benavídez, provincia de Buenos Aires. No tiene apuro, es amable y desestructurado en su andar; conoce los tiempos pero sabe que a veces no alcanza para recorrer una escuela, charlar con las maestras y pintar con los alumnos, por eso fibrón en mano, se dispone a comenzar cuanto antes.

Esta escuela de Baigorria proyectó distintas actividades para celebrar sus 25 años, entre ellas invitar a Milo Lockett. Una propuesta ambiciosa que lograron concretar el mes pasado. Esa mañana de noviembre todo estaba listo para recibir a Milo: una fila larga de mesas dispuestas en el patio, en el centro potes con pintura que había traído el artista y muchas hojas en blanco.

A ese día los chicos de la Escuela Especial —asisten niños, niñas y adolescentes con distintas discapacidades— lo vivieron diferente, estaban felices y exultantes porque ya habían trabajado con sus obras y por fin pintarían con Milo Lockett en persona. Lo más importante: el artista también apreciaría sus trabajos.

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"Tenemos que aprender a sacarnos las ganas de pintar y jugar con la pintura, y a recuperar el juego, esa primera manifestación que hacemos. Y es lo que vamos a hacer hoy acá: vamos a jugar con la pintura. Vamos a pensar en algo que nos guste pintar, una mancha, una mascota, flores, niños, un corazón para quienes están enamorados o el cuadro de fútbol favorito", invitó Milo con esta empatía tan especial que logró establecer desde el primer momento con sus seguidores infantiles y adolescentes.

También se dirigió a las maestras cuando les recordó que en la educación por el arte no se trata sólo de aprender una técnica. Y cada tanto citó a su maestro de plástica de la primaria, con el deseo de transmitir esa pasión que recibió de chico. "Pintar es muy simple y fácil, todos somos pintores, tenemos que aprender a mirar y a respetar la pintura del otro porque eso es muy lindo". Con estas palabras, animó a plasmar ideas y mezclas de colores sobre el papel.

Casado con una rosarina, el pintor reconoce que visita la ciudad bastante seguido, pero no había estado antes en Granadero Baigorria, algo que los vecinos seguramente no olvidarán cada vez que transiten por la calle de la escuela. Acostumbrado a trabajar en equipo, mientras sus colaboradores avanzan con la pintura, siempre dejan para el final ese rasgo que distingue cada una de sus obras: los ojos.

La vida de este singular artista que en el 2002 cerró su fábrica y estampadora textil, y abandonó completamente sus actividades empresariales para dedicarse a la pintura, hoy lo encuentra rodeado de alumnos y docentes pintando en una escuela de alguna parte de la Argentina. "A veces piensan que existe un aparato montado detrás de esto, y se equivocan, simplemente soy esto que se ve, acompañado de dos o tres personas que me pasan a buscar en taxi porque no sé manejar para llegar a Baigorria".

Distendido, auténtico, autodidacta (como se define) y comprometido con la educación por el arte, charla con La Capital sobre su forma de trabajo, su empatía con los más chicos y aquello que lo motivó a dejar de lado el arte formal e involucrarse más en los proyectos sociales.

—¿Qué te motiva a visitar las escuelas y rodearte cada vez con más frecuencia de niños y niñas?

En realidad lo fui descubriendo, soy muy intuitivo con lo que me pasa y siempre me dejo llevar, no tengo tanto conflicto de pensar una cosa y luego hacer otra. En el 2008, comencé a darme cuenta que me interesaba más la educación por el arte y trabajar en proyectos sociales, entendí que había muchos lugares por conocer y de los que aprender. En un día como este, compartido con los chicos, me llevo muchas cosas en la cabeza, que seguro se podrán aplicar en otro lugar.

—¿Cómo se vinculan los más chicos hoy con la pintura?

Cada vez que me encuentro con mi maestro de plástica de la primaria, aprendo cosas nuevas y también me recuerda: "No te preocupes tanto por el contenido, preocupate más por la autoestima y trabajá con los chicos en eso porque vos siempre tuviste la autoestima alta". En la educación por el arte no me parece que tengamos que aprender técnicas, sino más bien sacarnos las ganas de pintar, jugar con la pintura y recuperar el juego. Me inclino más por el lado de las habilidades que del contenido. En las reuniones y en las charlas antes no me animaba a decirlo, ahora sí: yo tuve una infancia feliz y es un valor muy importante para la vida. La preocupación del docente no tiene que estar únicamente centrada en el aprendizaje. Nuestra escuela es muy exigente, tiene una vara muy alta y un contenido muy antiguo, si recuperamos el juego tendremos a un niño feliz que también lo será de adulto. Nuestro país no invierte lo suficiente en educación, y no me refiero a ningún gobierno en especial. Se avanza como sociedad sólo mientras la base esté en la educación.

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—A la hora de pintar, ¿cuánto pesa la formación académica?

La formación académica es el contenido cuando en realidad necesitamos mayor dinamismo en la acción de pintar. Los chicos necesitan jugar más con el arte, no aprender tanta técnica. Porque a mayor conocimiento, mayor frustración también, serás maestro, profesor, licenciado y en algún momento hay que equivocarse y decir "no sé". Es interesante cuando alguien te despierta la curiosidad a través de cosas simples y sencillas. Esto es la pintura y también lo otro que ya conocemos de la pintura y después de ahí vemos que quiere hacer el otro. Esto para no dar una clase en abstracto y contar una historia que el otro no entiende.

—Esa es la manera de acercarse a la pintura, a través del muralismo y los objetos simples...

Cuando me presento en algún lado siempre les digo: "Hoy no van a aprender a pintar porque nunca los vi y no les voy a contar la historia del marrón. No sé si en realidad les gusta la pintura, el bombo, la danza clásica o el rock, o la pintura abstracta del 48". El primer acercamiento viene desde otro lugar. El diálogo y el juego son fundamentales.

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—Antes de dedicarte a esto, ¿cuál era tu vínculo con el arte?

Siempre me gustó pintar pero no lo hacía todo el tiempo. Luego de la crisis del 2001, elegí hacerlo, tenía la posibilidad de continuar en el rubro de la industria textil, y en el que me había desempeñado hasta ese momento pero no quise, estaba aburrido, cansado y enojado con la situación. El arte me iluminó y me dio un respiro. No sabía que iba a empezar una carrera, tampoco que iba a vivir de esto.

—¿Cómo te sentís con este reconocimiento que no habías planeado y que un día te sorprendió?

Separo mi carrera como pintor en dos partes, hasta el 2008 tenía una idea porque debía demostrar que era un artista y que era bueno; también me propuse ganar premios como el Rosa de Galisteo, uno de los reconocimientos nacionales más importantes que obtienen los artistas pero eso no me condujo a ninguna parte, al contrario me hizo reflexionar mucho, porque tenía una idea del arte y no era esa. A partir de ahí cambió mi estructura y decidí formar mi propio espacio, en un momento que quizás podría haber hecho carrera fuera del país, y firmado un contrato por diez años en una galería de Estados Unidos. Hoy me encuentro otra vez revisando mi objetivo que es simplemente vivir bien, sin anteponer mi carrera a la familia, porque otra vez tengo hijos chicos y no los quiero perder. Tengo mucho trabajo pero también muchas misiones que concretar. Hoy siento satisfacción cada vez que viajo y descubro un lugar y su gente, a quienes a lo mejor logro cambiarles su día y eso es lo que importa.

—A través de los colores y las formas, ¿te inspiras en el público infantil?

Tengo un lenguaje plástico que construí en algún momento de mi vida, más adelante aparece la empatía que se genera con el público, que puede suceder o no. No pinto para la gente y en eso soy muy egoísta, me tiene que gustar primero a mí aquello que hago, sea un dibujito o un mural. Y si pinto elefantes es porque me gustan desde los 6 años cuando imaginaba que podía encontrarlos en el Chaco.

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—¿Quiénes considerás que empatizan más con tus obras?

En los últimos tiempos, creo que los chicos, porque comencé a pintar para algunas ediciones de libros, como El Principito y otros con relieve para niños menores de 2 años, algo a lo que me resistí mucho al principio. Luego descubrí un canal de comunicación fabuloso, que me llevó a lugares que no había imaginado, a través del arte o lenguaje artístico. A veces pareciera que cada cosa que uno hace tiene una estrategia detrás y un porqué, pero hay momentos que las cosas parecieran que fluyen solas. Una cosa es ver el dibujo y otra encontrarlo terminado en un objeto, y esto es interesante cuando se trabaja en equipo.

—De hecho, podemos ver desde hace un tiempo muchas de tus obras plasmadas en objetos...

No estoy de acuerdo con todas las producciones que se materializaron, existe mucho merchandising en torno a mis trabajos, uno comienza a transformarse en un objeto. Tuve que proteger mi nombre que se había convertido en una marca, pasé más de un año con un estudio de abogados atajando patentes, porque había cuadernos Milo, biromes Milo, etc. Me encontré montando una estrategia sólo para preservar mi nombre y poder pintar tranquilo. Hasta que en un momento dije "Basta!, no me opongo más a nada"; y hoy está lleno de productos que se llaman Milo, y en algunos no tengo nada que ver. Son cosas que pasan y no se pueden dimensionar.

—Cuando te definís como artista autodidacta, ¿qué implica hoy esta concepción, podría estimularse más en las escuelas?

Cuando se habla de ser autodidacta parece algo menor dentro de la institución, y en realidad significa tener más responsabilidad a la hora de la investigación, porque a veces al no tener guía o maestro se cometen muchos errores o se pierde mucho tiempo. A mí, ser autodidacta me permitió ser un poco más libre y más osado a la hora de hacer. Siempre tenemos la vara muy alta, pareciera que necesitamos tener títulos, siempre saber más. La educación por el arte no pasa tanto por ahí, necesitamos un poquito más de acción: equivocarnos, hacer y cometer errores. Aquí el aprendizaje toma otra forma, nos alimenta mucho, porque el error y el fracaso fortalecen. Tenemos que pensar más en cómo generar en el otro la curiosidad y esa seducción por conocer. Nos quedamos con la idea de que tenemos que decir cosas inteligentes y tener mucho conocimiento, pero el lenguaje pasa por otro lado.

Milo Lockett en Historias del Aula


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