Educación

Cómo finalizar el año escolar sin derrumbarse en el intento

Cuando las exigencias del sistema educativo marcan la apretada agenda de docentes, estudiantes y familias

Sábado 10 de Noviembre de 2018

Noviembre ha llegado y diciembre se avecina advirtiendo que pronto finalizará el año escolar. Entonces las agujas del reloj comienzan a girar un poco más rápido que de costumbre.


Las exigencias impuestas por el sistema educativo marcan la apretada agenda de docentes, estudiantes y familias. Aparecen en escena las evaluaciones finales, el cierre de calificaciones para las libretas y la necesidad de dictar todos los contenidos que la currícula indica.

Maestras y maestros, y niñas y niños quedan prisioneros del calendario escolar que obliga a evaluar y rendir las últimas pruebas del año. Al parecer, resulta imprescindible encerrar en una nota todo aquello que las alumnas y los alumnos han aprendido. Como si esa tarea fuese tan simple, como si un número pudiese expresar todos los aprendizajes conquistados en la escuela.

Maestras y maestros, y niñas y niños quedan prisioneros de la currícula escolar. Pues es urgente dictar todos los contenidos previstos, incluso aquellos que no pudieron ser ofrecidos a lo largo del año. Como si fuera tan sencillo enseñar y aprender con tanta prisa, como si fuese posible apropiarse de nuevos saberes en los últimos días de clases que restan por transitar.

Pero las disparatadas exigencias no terminan aquí. Porque aquellos niños y niñas, que recién comienzan a dar sus primeros pasos en la escolaridad primaria, deben atravesar otra difícil tarea. En este tiempo de balances y cierres, docentes y directivas deberán definir si han aprendido lo suficiente para poder pasar al curso siguiente o si, por el contrario, deberán transitar la "instancia de proceso" para aprender, en una o dos semanas, lo que se estima no han logrado aprender durante todo el año.

Entonces me animo a preguntar ¿es posible que una alumna o un alumno pueda progresar en el proceso de alfabetización por asistir a clases un par de días más? Desde luego que no. Sin embargo, la creencia de que es posible que así suceda remite a una visión mecanicista de la enseñanza de la lengua escrita que subsiste en la institución escolar, más allá de la buena voluntad de las y los docentes. Desde este enfoque, se supone que entrenando determinadas habilidades o reforzando ciertas tareas, las niñas y niños se "alfabetizarán". De ser "efectiva" esta propuesta, apenas conseguirán copiar y reproducir letras. Sin embargo, trazar y descifrar signos gráficos no convierten a nadie en lector ni escritor.

Es más, algunas de esas alumnas y alumnos quizás deban asistir a una consulta con una o un profesional que evalúe si sus tiempos de adquisición son apropiados o se encuentran por fuera de la norma. Norma y tiempo que el sistema educativo ya ha establecido arrasando contra todo rasgo de singularidad posible. Como si las niñas y los niños debieran aprender lo mismo, al mismo tiempo, como si las diferencias no fuesen parte incuestionable de cualquier aprendizaje.

Cuando estas exigencias imperan, niñas, niños y docentes quedan sujetos a los designios impuestos por el sistema. Ya no importa qué se enseña ni qué se aprende, porque lo que importa es cumplir con la currícula prevista y las evaluaciones solicitadas. La escuela queda prisionera de la burocracia ministerial y olvida entonces sus verdaderos propósitos.

Las familias no permanecen ajenas a esta realidad. De modo que maestras, padres, madres, chicos y chicas se convierten en rehenes que deben responder a esas demandas bajo presión, malestar y agobio.

Este escenario de fin de año no es casual, por el contrario, responde a la época a la que asistimos, fuertemente, marcada por el rendimiento en términos de mercado, por la premura y las exigencias cotidianas.

Sin embargo, la escuela debiera cuidar de las infancias, acompañar ese precioso tiempo de ser niñas y niños. Redoblar la apuesta y mostrarles que en el salón, en el patio, en clases y en los recreos hay tiempo para conversar, para compartir historias y cuentos, para jugar aprendiendo, para aprender con tiempo; para que las chicas y los chicos dejen de cumplir con jornadas diarias —que se asemejan más al universo del trabajo— que a los aprendizajes propios de la infancia.

Sugerencias a las familias

Pero como por el momento esto parece ser una misión imposible o una simple expresión de deseo, me atrevo a dejarles algunas sugerencias a las familias para que resistan a este fin de año escolar.

• Sus hijas e hijos son mucho más que una calificación en una evaluación o en una libreta.

• Las notas exhibidas en una prueba o en un boletín no son capaces de contemplar todos los aprendizajes por los que han transitados sus hijas o sus hijos.

• Aprender requiere de tiempo y, en reiteradas ocasiones, los tiempos de aprendizaje no coinciden con los previstos por el sistema educativo.

• Hay niñas y niños que son buenos con los números y las letras; otras, otros se destacan en las ciencias y hay quienes se apasionan con el arte y los deportes. Valoren aquello que sus hijas o hijos disfrutan y saben hacer. No crean que todas las chicas y todos los chicos deben ser empresarios, gerentes o académicos. Los destinos son infinitos, no descarten ninguno de antemano. Que no los o las convenzan de que sólo serán exitosos quienes sean capaces de responder a lo que el mercado impone como regla. Que sus hijas e hijos tengan la certeza de que serán ellas y ellos quienes elijan su propio destino.

A las docentes les aseguro (ustedes ya lo saben, pero en medio de tanto barullo, quizás, se vuelva difícil recordarlo) que, a pesar del cansancio de fin de año y todo lo que el sistema educativo les exige, sus alumnas y alumnos aprenderán por el afecto, las miradas y palabras que sepan dedicarles. Aprenderán siempre que confíen, que les confirmen que son capaces de lograrlo y que les aseguren que las notas de sus exámenes son apenas resultados. Porque el proceso de aprendizaje por el que han transitado no cabe en ningún número que pudiese figurar en sus libretas.

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