Si hay algo que cabe reconocer al gobierno nacional es el no haber dado por cerrada definitivamente la trágica etapa del terrorismo de Estado. El reciente y brillante discurso de Cristina, anunciando su decisión de que sean dos pilares de la democracia republicana, los Poderes Legislativo y Judicial, los encargados de tomar en sus manos un asunto de tanta relevancia institucional como lo es Papel Prensa, abrió los ojos de millones de argentinos quienes, a partir de ese momento, seguramente aprendieron que hubo una connivencia entre tres importantes diarios y la Junta Militar, que Papel Prensa nació en un ambiente cargado de coacción, que, en definitiva, la "gran prensa escrita" del país apañó al terrorismo de Estado. Inmediatamente después de las palabras presidenciales, el Grupo Clarín salió a la cancha con los tapones de punta y denunció al gobierno nacional de intentar silenciar al periodismo independiente, último baluarte de la democracia republicana. "Quien se adueña del papel de diario, atenta contra el pluralismo informativo", bramó el monopolio mediático. A mi entender, se trata de una verdad irrefutable. En efecto, desde su creación Papel Prensa no fue otra cosa que una poderosa corporación que monopolizó la materia prima fundamental que hace posible la existencia de la prensa escrita: el papel de diario. Papel Prensa y pluralismo informativo se transformaron en términos incompatibles. Había una única información, la brindada por el monopolio mediático. Había una única realidad: la elaborada por el monopolio mediático. Ello explica por qué los gobernantes posteriores a 1983 fueron más débiles que ese gigante surgido en 1977. Hasta Cristina no hubo presidente democrático que se atreviera a desafiarlo, que tuviera el coraje de desenmascararlo . La ley de medios y el histórico discurso de la presidenta de la Nación fueron percibidos por el monopolio mediático como un ataque contra sus intereses económicos. No lo perdonó. Sus mastines políticos comenzaron a competir entre sí para ver cuál de ellos defiende con más entusiasmo los bolsillos de una élite comunicacional que no tolera la pluralidad informativa. Para el Grupo Clarín el gobierno nacional, lisa y llanamente, le declaró la guerra. En consecuencia, hará todo lo que esté a su alcance para impedir que continúe en el poder el año que viene. El dualismo amigo-enemigo, inmortalizado por Carl Schmitt, se instaló en nuestro país e impondrá sus reglas de juego hasta las elecciones presidenciales de 2011.



























