La carta publicada por el señor Castro Corbat en la edición del día 26 del cte. mes no merecería respuesta por su banalidad, superficialidad y falacia, si no fuera porque injuria gravemente la persona de quien fuera nada menos que tres veces presidente de la República y de su esposa, que dejó su corta y apasionada vida luchando por la justicia social y los derechos de los desposeídos. Dejemos de lado el resto del contenido de su repulsiva misiva, conceptualmente absurda , históricamente falsa, que pone en evidencia los intereses que lo guían. Los “errores políticos” que refiere este señor consistieron en introducir a la argentina en el mundo moderno, restituir la dignidad a un pueblo humillado por la oligarquía, haciendo realidad un reparto equitativo del ingreso nacional que materializó el concepto de justicia social. Quizás el señor Castro Corbat hubiera preferido que la jornada de un peón rural se desarrollara de sol a sol, sin ninguna protección legal, antes que un Estatuto del Peón de Campo que fijó puntualmente sus legítimos derechos. O a lo mejor no ve con buenos ojos el indiscutido desarrollo industrial de la época y añora melancólicamente una argentina pastoril para pocos privilegiados. O tal vez le pese la creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica, que colocó al país a la avanzada en materia de tecnología nuclear de punta. Todo eso y muchas cosas más pueden disculparse y, al fin y al cabo, cada uno piensa y vive de acuerdo a sus intereses personales y de clase, y ya sabemos que hay muchos argentinos que se regodean en la remembranza del atraso y la dependencia. También puede obviarse su despectiva mención al “vulgo” o su confusión conceptual entre “liderazgo” y “autocracia”. Pero lo que no puede tolerarse es el agravio soez, el insulto grosero y malintencionado. Afirmar que Eva Perón propuso usufrutuar en beneficio propio, desviando los fondos recaudados para paliar los daños del terremoto de San Juan, no sólo es una mentira insostenible sino además la expresión de la miseria de una clase social que no se resignó nunca a perder sus privilegios, mientras el país ingresaba con firmeza y dignidad a un destino de grandeza de la mano del general Perón. Seguramente hay muchos argentinos -como el señor Castro Corbat- que añoran y admiran los “gobiernos posteriores” a 1955, esos que iniciaron el retroceso sistemático del país, verdaderos profetas del odio guiados por la lógica implacable de la destrucción y la muerte, y hasta podemos entrever que lo seduce y deslumbra el reconvertido peronismo de Carlos Menem. Otros argentinos hemos optado por apoyar a las grandes mayorías populares. A nosotros, que reconocemos en el general Perón y Evita a un ícono de un proyecto nacional y popular, un eslabón en la construcción de la Patria Grande latinoamericana, no puede menos que resultarnos altamente calumnioso el penoso libelo del señor Castro Corbat.






























