Salí de casa el otro día y me pasó lo que nos pasa a todos. Apenas traspuse la puerta de mi
edificio, lo primero que vi fue a un pobre tipo revolviendo entre la basura del container. Después,
ya en el bondi, el viaje de ida al laburo estuvo matizado por una figura nueva en Rosario: los
vendedores de cualquier cosa que apuestan a la lástima de los potenciales compradores. Pobres tipos
también: nada parece serles más ajeno que el futuro.
No quiero hacerla larga: lo que digo es que la pobreza empieza a tornárseme insoportable. Si
yo fuera uno de esos muchachos que viven en lujosos countries y a quienes el mundo les importa poco
(lo único que parece preocuparlos es que la 4x4 ande bien), entonces pediría mano dura. Pero yo no
vivo en un country ni quiero hacerlo. Y no tengo auto.
Lo que digo es otra cosa: hay que hacer algo ya. Y como los individuos aislados carecen de
posibilidades reales y el llamado “mercado” tiene un interés equivalente a cero por
estas cuestiones, la única alternativa es que intervenga el Estado. Aunque no con subsidios, que
salvan del desastre a muchos, pero al mismo tiempo destruyen la cultura del trabajo y disparan el
clientelismo hasta el infinito. No: con subsidios, no. Basta de limosnas. Hace falta entrar en los
núcleos de la miseria y lograr que quienes sobreviven allí recuperen el respeto por sí mismos. Hay
que incluirlos. Hay que integrarlos.






























