Excentricidad y refinamiento

Un verdadero cartógrafo de la literatura

Narrador, crítico y editor, Luis Chitarroni ocupa un sitial destacado en el Olimpo capitalino. Dueño de una mirada muy personal, acaba de publicar Pasado mañana, una selección de artículos. En diálogo con Cultura y Libros, expuso sus singulares pasiones y admitió sin pudores que es elitista

Domingo 03 de Enero de 2021

Luis Chitarroni es, definitivamente, uno de los críticos argentinos más excéntricos. Después de aprender el oficio de editor en Sudamericana con un maestro de lujo, Enrique Pezzoni, armó su propio proyecto editorial, La Bestia Equilátera, donde construyó un catálogo a la medida de un refinado caballero inglés.

Es autor de las novelas El carapálida y Peripecias del no; los cuentos de La noche politeísta; los libros de crítica Siluetas; Los escritores de los escritores; Mil tazas de té y Breve historia argentina de la literatura latinoamericana (a partir de Borges) y de la recientemente publicada Pasado mañana, una selección de sus artículos críticos escritos en las últimas décadas, y editada por la universidad Diego Portales.

Del título, afirma que es un homenaje a su proverbial morosidad para entregar un material que le llevó, a quien tuvo a su cargo la edición, Ignacio Echevarría, un año lograr ordenar.

Suerte de summa crítica, sus páginas construyen una cartografía infernal de sus intereses, en la que nos enfrentamos a una escritura barroca, con abundancia de subordinadas, erudita y ecléctica. Un “caos elegante”, como define al orden de su biblioteca, en el que tanto pueden entrar constelaciones enteras de nombres del policial anglosajón como la historia nunca contada del rock de los 70, y que se desmarca programáticamente de los gustos de la época que le toca transitar.

–¿Cómo surgió la idea de este libro?

–Como todos los libros de esta colección, Huellas, la idea es de Matías Rivas, el editor. Míos fueron solo la compilación y el título. Le pedí a Ignacio (Echevarría) que tratara todo como si fuera material póstumo, para que requiriera de mí la menor intervención posible y, a comienzos de 2019, casi era póstumo de veras. Tuve que someterme a una operación cardíaca, efecto de un infarto silente o blanco, como lo llaman con mallarmeana pureza, pereza o presteza.

–¿A qué se debió que no se hayan incluido las referencias del lugar y el año en que se publicaron estos textos?

–Creo que la idea de no anunciar las fuentes fue un acto de negligencia de mi parte, pero se trata de suplementos o revistas que me pidieron alguna colaboración. Como la mayoría de los críticos, de Nicolás Rosa a Frank Kermode, puedo jactarme de una pobreza que me impide decir “no” ante la menor insinuación de trabajo, que, por supuesto, y como insistía Dylan Thomas, “es la muerte sin dignidad”. Fueron publicados en Conjetural, Ñ, Radar, alguna publicación chilena o mexicana, excepcionalmente española o francesa.

–En el prólogo hay una cita de Walter Benjamin que habla de una posición de anacronismo del crítico en relación a su tiempo. ¿Qué le permitiría al crítico registrar de su contemporaneidad semejante posición?

–El anacronismo ayuda a leer con un gusto ajeno a las convenciones, algo que a menudo le proporciona un gusto “prestado”. Toulet, Valéry, Lampedusa o Machen, Starobinski, Poulet, Joaquin Kalka, Galen Strawson, Michael Schmidt… son críticos que se resbalan por aquí o por allá. El monoteísmo de la crítica es algo que me desalienta. Como contemporáneo, trato de elegir la postura del duelista y me pongo de espaldas a un adversario inventado, el dispuesto a complacer los halagos de la doxa. No es un duelo a volonté.

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–¿Sos un crítico elitista?

Gracias por esa halagadora precisión y condescendencia. Soy solapada o no tan solapadamente elitista, dicho sin ironía, con afectada delectación. Queda mal decirlo: hay que abrir los brazos hoy a cualquier conformismo, ¿no? Creo que la lectura nos ahorra ciertas pleitesías y aumenta los intereses de otras deudas que no quisiéramos pagar. Si yo dijera que mi mejor ejemplo crítico es el por momentos muy estúpido Duc de Saint Simon, no estaría diciendo rigurosamente la verdad, pero preferiría esa arrogancia a someterme a ciertas gansadas, como muchas zonceras de toda laya que desfilan disfrazadas de novedades.

–Recorriéndolo pareciera que hubieras nacido como lector con una idea definida de lo que es la literatura para vos. ¿Cómo fue tu itinerario como lector?

–Las lecturas infantiles sin reemplazo: de Fenimore Cooper a Mark Twain. Uno odiaba al otro, como se solicita. Poca literatura en castellano entonces, ya que los niños se resisten al aburrimiento. Ni Juana de de Ibarborou ni Germán Berdiales. Verne a raudales, más que Salgari, favorito de mi papá. Descubrimiento, gracias a mi hermana, de lo que es una traducción. La biografía de los Beatles de Hunter Davies, horriblemente traducida, pude advertir. El Quijote obligatorio del que el amor de mi papá no me dejaba escapar. A velar armas, a conocer a Cide Hamete Benengeli, a gobernar la ínsula Barataria. Arlt, Borges, después y, en el colegio, Cortázar. Dos libros de crítica que me abrieron los ojos (o me los cerraron definitivamente): Criticar al crítico, de Eliot, y El ABC de la lectura, de Ezra Pound, leídos con la ferocidad adolescente de la apropiación.

–En tu cartografía está el policial anglosajón, está Borges, centralmente, está Aira, como genio tutelar de lo que llamás tu generación, están algunos escritores que integran el catálogo de La bestia equilátera. ¿Qué es lo que encontraste en ellos?

–En muchos policiales ingleses, la solución de que los principales sospechosos fueran, aparte de los descartados mayordomos, los editores o los asesores literarios, como se dice en alguno de los artículos de Pasado mañana. El absorbente propósito de que el investigador fuera un personaje extravagante, como el Nigel Strangeways de Nicholas Blake, inspirado en Auden. Study in Scarlet, de Conan Doyle, en la biblioteca de La Nación, traducido La mancha de sangre, Poirot en esas ediciones de El molino, con sus ilustraciones hiperrealistas son manchas imborrables en la memoria… De La Bestia hay poco, creo. Viejos fanatismos como Arno Schmidt, o advenimientos como el Lewis de El caballero que cayó al mar. En realidad, los libros de La Bestia fueron armando su propia órbita, y la ilusión de una galaxia de autores que complazca el gusto de todos, sencillamente se desvanece cuando alguien no la comparte, como ocurrió con autores que dábamos por sentado que enriquecían el catálogo y terminaban vendiendo poquísimos ejemplares, como Schmidt, Machen o Szell. La idea misma inicial tuvo que ser modificada, porque yo daba por cierto que Kurt Vonnegut había sido ya leído, por ejemplo, por todos los lectores. La Bestia Equilátera comenzó en un momento en que pocas traducciones se hacían acá. Hoy, hay nuevas traducciones argentinas de Kafka, de Beckett, de Queneau, de Vian, de Burroughs. Ese es tal vez el mejor legado inmediato de La Bestia como editorial.

–¿Qué lugar ocupan Arlt, Puig o Saer en esta cartografía?

El juguete rabioso y El arte de narrar, dos de mis libros favoritos. El peso de Puig no es literario, como una bendición convertida en gualicho, toda una idea de lo narrativo exento del fetichismo de las palabras. Como en María Martoccia, una excelencia a la que no puedo acceder ni aspirar. Yo soy verboso, trabado.

–Los escritores de las provincias que no son leídos desde Buenos Aires, ¿tienen posibilidad de caer en tu radar?

–Santa Fe y Rosario están desde siempre, con su caudal simpático y adverso, en mi sangre. Charlie Feiling había nacido en Rosario, ¿no? El último Falcon sobre la tierra, de Juan Ignacio Pisano (publicado por Baltasara editora), se las arregló para llegar hasta mi mesa de lectura. Y Angélica Gorodischer, otra santafesina a quien yo admiraba desde Las pelucas, creo que su primer libro.

–¿Le debemos al grupo de Shanghai (al que Aira le dedicó un homenaje en la novelita “El volante”) haber podido conocerlo?

–Dudo que El volante haya sido un tributo al grupo Shanghai, del que los viajeros en elefante habíamos sido pa(sa)jeros de cierta revista de duración efímera. Con paranoica certeza, creo que Aira tenía en ese momento la idea de que las generaciones que veníamos después éramos, por supuesto, más haraganas de lo que la literatura se merece. La actividad de “Los escritores” de El volante consiste solo en asistir a cocktails y vernissages. Era el pensamiento común sobre nosotros, Shanghai, Babel o como quieran acorralarnos. Aira es airano, cuentapropista y contrapuntístico. Su Borges, a esta altura, es un helicóptero que danza con la música del tiempo impuesta por Lautréamont. La definición de Borges es un efecto de la época, en ese sentido el tiempo no hace otra cosa que deteriorarlo, dejando a la vista sus espumarajos retóricos, como los de Lugones, y con una ideología análogamente trasnochada. Pero uno dura aquello que dicta que dure su estado de lengua. El Borges conceptual que adoro está a la vuelta de la esquina, en pocas ficciones, en la mayoría de sus ensayos y, tal vez de un modo redundante, en Bustos Domecq.

–Si hay algo que no te falta es erudición, investigación, intervención cultural, interdisciplinariedad. ¿Qué te diferencia de la crítica académica?

–Mis desprolijidades, en todos los sentidos. Mis desproporciones, mi falta de escrúpulos sedentarios en las literaturas nacionales. Mi prolijidad en el sentido más español, las proporciones perversas. Mi exceso de escrúpulos cuando se trata de “establecer” una tradición esquiva.

–Y para el final: ¿los Beatles o los Rolling Stones?

–Los Beatles son la infancia en el barrio, como quise proyectar en El carapálida. Como si el barrio fuera Rosario, Liverpool a medida. Cada uno de los pormenores, no la historia para fans a quienes les importan las exterioridades que suelen sacralizarse. La música de Wonderwall, música de Harrison, film guionado por Cabrera Infante. Los libros de Lennon, elogiados [presuntamente] por Sam Beckett, el hecho de que produjeran en Apple los primeros álbumes de John Tavener. Pero los Stones me obsesionaron también, hasta Exiles on Main St., y con ciertos detalles de Vidas paralelas: Beggar’s Banquet, Performance (Jagger/Borges). Tuve la suerte de conocer a Andrew Oldham, productor de los primeros cinco o seis discos, un verdadero peatón de la psicodelia, que me reveló detalles de la primera época, como que a Brian Jones, Shelley en Hyde Park–nunca una leyenda con tan pocos elementos: la mejor melena del rock– lo llamaban, entre ellos, “Moll Flanders”.

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Pasado mañana

“Un ejercicio de extenuación en diversas causas perdidas, personales, literarias o editoriales.” Así define su autor a esta selección de columnas, reseñas y algunos trabajos de mayor alcance sobre escritores que, contra toda pretensión de neutralidad, integran su grupo de pertenencia y que tiene en la “digresión controlada” su principio constructivo. Un mecanismo que le permite dar rienda suelta a las hipótesis e ideas que le provocan las innumerables lecturas que despiertan su interés.

En él se vislumbra una continuidad en el tiempo, una coherencia en sus posiciones estéticas, y un recorrido con pocas paradas pero que exhiben un conocimiento muy exhaustivo de cada una de ellas.

En el centro de su mapa estará Borges y ese ser bifronte que forma con Bioy, para enarbolar una solitaria defensa del diario de Bioy, Borges, que tanta controversia generó. En la misma serie, Aira, presidiendo el campo de la literatura argentina alrededor del cual se posicionan amigos y enemigos literarios.

Estarán Fogwill y su sádica atracción, Viñas como contrafigura del Cortázar de exportación o los escritores ligados al grupo de Babel cosechando la indiferencia del público.

El policial anglosajón, que en manos de este autor se convierte en un universo en expansión, será otra de sus obsesiones, tanto como la traducción como un modo de habitar la literatura y muchos, muchos nombres que para la mayoría de los que nos dedicamos a la lectura, resultan desconocidos.

Este libro nos habla de los gustos de un escritor que ha elegido darle la espalda a las modas intelectuales, para construir una suerte de arqueología literaria en un sentido amplio, aquel que no olvida que la traducción, la edición, la crítica, el ensayo y hasta los perfiles de escritores constituyen lo que, por convención, llamamos literatura, “una invención crítica cuyos peores enemigos son los escritores”.

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