Es viernes a la noche en Montevideo. Ando por la Ciudad Vieja, quiero comer algo y no me interesa entrar a ningún restaurante pensado para turistas del Primer Mundo, de esos que ofrecen platos en tres idiomas y donde un vino decente puede costar medio sueldo.
De pronto, a mi costado izquierdo surge la inspiración. Dos escalones abajo, una casa antigua abre sus puertas sencillas. Parece una pizzería. No lo dudo y entro. Estoy salvado.
El mozo del Tasende (así se llama el boliche) está más ocupado que el arquero de la selección de Madagascar en un partido contra Brasil. Pero en el medio del ajetreo, cargando platos y porrones, se hace tiempo para escucharme. Cuando llega la jarra de medio litro de rosado fresco, con una copa sorprendentemente elegante, parece una bendición. Perdón, no parece. Es.
(A mi alrededor no hay extranjeros: son todos evidentes montevideanos. Allá, una mesa de ocho luce diversidad generacional: desde la pareja de veinteañeros hasta los de treinta con el chiquilín en brazos, el río desemboca en los de cincuenta largos y el setentañero que sonríe debajo del bigote. Conversan. Toman Pilsen. Tienen tiempo y también paz).
Después de devorar la primera muzza con anchoas veo que el local está lleno. Enfrente se sentó una parejita con poca plata: comparten una Coca de medio litro y comen fainá. Se sonríen. Ella tiene pantalón rosa, cartera y pañuelo en el cabello al tono. Más allá, dos notorios hombres de la noche beben su Patricia (es otra cerveza, más liviana y sabrosa que la Pilsen). Entonces entran ellas. Son varias, veteranas, y no hay mesa. Pero en la mía sobran sillas. Hago un gesto con la mano derecha.
Se sientan, nos presentamos. A mi derecha está Emma, sesentipico. Charlamos.
“Con mi marido hicimos de todo. Fuimos empleados y patrones, eso no importa. Hay que saber estar en todos los lugares. Lo esencial en la vida pasa por otro lado”. Me habla de sus tres hijos y del restaurante que regentearon con su esposo (“estuvo muy enfermo pero ya está bien”), me cuenta que noches atrás un pariente de dinero los invitó a comer al bistró más elegante de la ciudad y gastaron una fortuna.
“–Hay que ser uno mismo en todas partes, ¿entiendes?
–Pero tú pareces más feliz acá, comiendo pizza con la mano.
–¡Ah, claro!”.


































