Días atrás en la parada de calle Santa Fe y Dorrego, la línea a la cual debía subir (133 verde) paró varios metros antes del poste de referencia por tener varias unidades delante, decidí acercarme y golpear la puerta para que me abriera. El chofer me ignoró y arrancó cuando tuvo oportunidad con tanta mala suerte para él que a los tres metros tuvo que volver a parar, y ante el golpe en la puerta de otro pasajero (en este caso un hombre) sí abrió, por lo cual aproveché a subir yo también. El relato por anecdótico no deja de tener una reflexión: yo debería haberme quedado en la parada y esperar que el colectivo llegara y parara como corresponde, pero sucede que, precisamente, más de una vez esa línea y la 116 no lo hacen e imponen su propia ley. No estaba en mi intención ni en la de los sufridos pasajeros ir contra las ordenanzas, pero el proceder un tanto omnipotente de los conductores hace que no sepamos cómo actuar. Sobre el colectivo, el chofer es el responsable de conducir con eficacia, también de hacer valer su autoridad cuando alguien molesta con su proceder al resto del pasaje, o cuando sube un adulto mayor y no le ceden el asiento. Sería importante que se recupere la convivencia activa entre los ciudadanos, pasamos, mínimo, de dos a tres horas diarias arriba de un ómnibus, bueno sería sentir que el servicio es aceptable desde el comportamiento de sus empleados, la limpieza de sus unidades y la frecuencia horaria; todo lo que no se cumple de un servicio público es una falta de respeto al usuario.




























