Raquel fue una mujer consagrada, sin votos formales, al servicio de los excluidos y descartados. Su casa, en Cafferata 1423, era un lugar de encuentro para los que frecuentábamos la parroquia San Miguel Arcángel y Hoprome. Era como un ambiente más de la parroquia, donde se oraba, se leía y comentaba la Palabra de Dios, se abordaban temas afines a la misma y se buscaban soluciones a los problemas que podían surgir. Sacerdotes y laicos encontramos, a cualquier hora, su oído dispuesto a escuchar y a guardar celosamente lo que se le confiaba, y su sabio consejo junto al mate siempre a punto. Me imagino que así sería la casa de María en los comienzos de la Iglesia. Daba gusto estar con ella, hablarle y escucharla, verla trabajar para la parroquia, en la Legión de María visitando los hogares del barrio que la esperaban y recibían con especial cariño, la Catequesis, el Consejo Pastoral, y en Hoprome, junto al padre Tomás Santidrián, sin ambicionar cargo alguno. Era un gran apoyo, indispensable e irreemplazable, de los responsables en los primeros hogares de Hoprome; se hacía cargo, junto a otras personas, de las tareas de mantenimiento y del lavado de la ropa para que aquellos pudieran dedicarse, de lleno, al cuidado de los chicos. Era como una "madre provincial" que visitaba asiduamente y con caridad sus comunidades. No puedo dejar de recordar los grupos de oración y reflexión que, junto a sacerdotes y laicos, sostuvo en distintas zonas del radio parroquial, especialmente en los tiempos fuertes de la Liturgia como Adviento y Cuaresma. Quizás me olvide de muchas virtudes que practicara esta santa mujer que nos dejó silenciosamente, como fue su vida, hace pocos días. Pero también quiero imaginar la bienvenida que, junto a Jesús y su Madre, le habrán brindado los padres Juan, Tomás y José María, Albina, Olga, Hilda y tantos otros que se le adelantaron y que aquí, como yo y muchos, gozamos de su presencia.































