Algunas veces sucede que el destino puede llegar a modificar nuestra existencia. Muchas son las veces en las que vemos, leemos o escuchamos crónicas de que por una fracción de segundos, una ínfima distancia, un parpadeo o desatención, un error o negligencia propia o ajena, o simplemente el hecho de estar o pasar por el lugar equivocado en el instante preciso, puede llegar a cambiar por siempre el curso de una historia. El domingo 27 de enero pasado regresábamos de Villa Gesell con mi familia, luego de unos dias de vacaciones, período donde uno suele distenderse, relajarse y descansar después del año laboral. Alrededor de las 18, habiendo prácticamente completado los casi 700 kilómetros que separan ambas ciudades, estábamos llegando a casa. Pero a escasos 150 o 200 metros del fin de la autopista Rosario - Buenos Aires, al querer tomar el ascenso hacia Circunvalación, un impacto estremeció nuestro vehículo. El golpe fue en la parte derecha del auto. Luego de unos instantes de sorpresa e incertidumbre, atinamos a no detenernos, sabiendo de la modalidad de robos si es que uno para al sentir el piedrazo. Y continuamos, a pesar del temor que da la situación vivida, hasta llegar a nuestro domicilio. Al bajar del auto y comenzar a sacar las cosas del mismo, con temor aún, procedimos a analizar los daños sufridos, pero para nuestra sorpresa no encontrabamos en la chapa golpe o rotura alguna, y fue nuestro hijo quien nos enseñó el lugar del impacto: el picaporte delantero, allí rebotó la piedra y rompió el acceso a dicha puerta. Hasta allí el relato, y desde allí mismo la reflexión que nos merece. Lo del auto tiene o tendrá arreglo y será anécdota. Nuestro hijo -de siete años- venía sentado a escasos 50 centímetros o menos del lugar del impacto, o sea que por esa ínfima distancia se salvó de alguna lesión grave, de perder tal vez un ojo o lo de que hubiera sido irreparable, perder su vida, lo cual nos dejó angustiados y alterados por varios días. Por estas horas recordamos imágenes de ataques similares en el ingreso de la autopista a Córdoba unas semanas atrás y tomámos conocimiento de un caso sucedido hace unos tres meses a un compañero de trabajo, quien recibió un adoquinazo en el capó de su auto por avenida Travesía, salvándose él y su familia de milagro. Nos dicen que en la zona de barrio Las Flores, desde donde nos arrojaron la piedra, suele haber un móvil policial, justamente para evitar estos sucesos, pero no nos consta de su presencia ese día. Nos hablan de "desgracia con suerte", y puede que así sea; de que el "destino nos jugó a favor"; y tal vez quien lo piensa tenga la razón, pero nadie nos saca la certeza de que por esa pequeña distancia, por ese segundito de diferencia, hoy podríamos estar lamentándonos por un absurdo, pidiendo justicia —como tantos, en tantos sitios—, hablando de otra "víctima inocente" o de una "desgracia evitable" y muy probablemente impune. Quizás este pequeño desahogo pueda servir de advertencia hacia otros viajeros o paseantes, ojalá pueda evitar futuras agresiones de este tipo. Sobre todo, que sirva para quienes sí tienen la responsabilidad y obligación de prevenir estos hechos, y lo hagan.































