Hace algunos días, cuando volvía del trabajo, en el semáforo de Ovidio Lagos y Circunvalación había un grupo de tres muchachos limpiavidrios y uno de ellos tenía una camiseta de Newell’s. No era cualquier remera, sino una de marca Adidas roja y negra, de mangas largas, lisa (sin publicidad), con el escudo del glorioso Newell's del lado del corazón. Estaba en muy buen estado, con el rojo pabellón y bien intenso como tiene que ser. Calculo que era del 94 o 95. Cuando lo vi al flaco con la roja y negra sentí una envidia tremenda y dije: "¡Qué buena camiseta!". No lo dudé un segundo y fui a mi casa a buscar plata para comprársela, pensando erróneamente que me la vendería por unos pesos. Pero no fue así. Cuando vuelvo al semáforo y le pregunto cuánto quería por la remera, él me contestó: "No se vende". Le dije: "Te doy 50 pesos" y él una vez más respondió que no. Insistí: "Ok. Te doy 100 pesos", pero él volvió a negarse, argumentando que "los trapos no se venden". Entonces, le ofrecí 150 pesos y una vez más la misma repuesta: "No, los trapos no se venden". Busqué como cómplices a los dos muchachos que también estaban limpiando vidrios y les dije: "¡Le doy 150 pesos y no me vende la camiseta"!, pensando que ellos podrían convencerlo, pero también me respondieron: "No se venden, los trapos no se venden la-la-la". No tuve otra opción que volver a mi casa masticando una bronca terrible pero pensando qué bueno que en que en estos tiempos en que todo tiene un precio y en estas semanas cuando se entregan banderas por dos mangos, que una persona que en un día de trabajo puede llegar a cómo mucho a la mitad de lo que le ofrecí, dejó de lado la plata y se aferró al sentimiento de un verdadero "¡digno leproso!".


























