El 10 de enero mi compañero Simón Vargas se incorporó a la larga pléyade de militantes que ya no están físicamente con nosotros; de compañeros fervorosos y consecuentes con nuestra doctrina, a los que recordamos siempre con respeto y emoción, porque sin su entrega arrolladora, siempre desinteresada en lo personal, el Movimiento Peronista y su historia gloriosa no existiría y las utopías no se hubiesen vuelto realidades palpables. Tus historias de vida nos interesaban siempre e iluminaban nuestros encuentros, porque siempre conllevaban una reflexión, una enseñanza. Tus comienzos como peón golondrina, en una de las haciendas de Patrón Costa, aquel tucumano que no fue presidente porque hubo un 4 de junio del 43 y las condiciones de explotación que vos y los demás peones sufrían en sus dominios, no pudieron ser generalizadas e institucionalizadas y en cambio hubo un Estatuto del Peón y un 17 de Octubre liberador que cambió la historia, sin vuelta atrás. Y pudiste crecer y desempeñarte como obrero en varias de las obras de infraestructura que se realizaron a lo largo y ancho de la patria, en un federalismo real y concreto. Cumpliste cabalmente tu misión de dirigente gremial, consecuente con tus representados. Tus amigos nos sentíamos contentos y orgullosos al ir a visitarte y sentados en la vereda, veíamos pasar a los choferes de colectivo que tocaban bocina y te gritaban “adiós compañero Vargas”, o un viejo compañero que saludaba y decía “después paso Simón”, o una piba que te preguntaba “¿le gustó la torta don Simón?”. Nosotros notábamos que el barrio te quería mucho, te respetaba como persona y reconocía tus largos años de servicio a tu prójimo y a la comunidad, como así lo plantea nuestra doctrina peronista.































