La situación de varias escuelas que van a cerrar a partir del año entrante sus cursos de octavo y noveno año podría haberme parecido insalvable desde el desconocimiento. Podría haber supuesto que no existen posibilidades técnicas de adecuarlas a la nueva diagramación educativa. Pero soy padre de dos ex alumnos de una de ellas, la escuela Nº 90, y he integrado por años su cooperadora. Participé del esfuerzo que significó conseguir la construcción de nuevas aulas para posibilitar su correcto funcionamiento. Y sé que la escuela cuenta con espacio para crecer aún más y completar el ciclo secundario sin problemas. En vez de eso, el cuerpo directivo actual resolvió desperdiciar lo hecho y renunciar a la posibilidad de crecimiento, dejando salones vacíos y quitando a los alumnos de séptimo el derecho de permanecer por dos años más, con el que hasta ahora contaban. Ello sin consultar o siquiera informar a la comunidad educativa de la decisión tomada, hasta fines del mes de octubre, cuando un paso semejante no se da en pocos días. Desconozco (y prefiero no averiguar) los motivos que habrán tenido. Sólo guardo la esperanza de que la medida aconsejada por las autoridades de la escuela y adoptada en un principio por el Ministerio sea revisada por éste, puesto que va a contrapelo de la intención de construir nuevos establecimientos, sólidamente expresada en la plataforma que presentó el socialismo para las elecciones pasadas. Es mi deseo, y creo que el de todos los cooperadores, que podamos, a la brevedad, sentirnos satisfechos ante una reacción positiva y constructiva de este gobierno que está comenzando, ya que la actitud de la actual cúpula escolar no nos mueve precisamente al agradecimiento.


































