El pasado 4 de noviembre, a las 13.50, llegué a mi casa del trabajo. Me avisaron que había personal del Imusa vacunando en la esquina. Fui a preguntar si podía llevar a mi gata y me dijeron que sí, que la llevara en una bolsa. Como no tengo una "bolsa portagato para vacunación" a mano, la envolví en un buzo y la llevé, bastante nerviosa por cierto (la gata). Eran entonces las 13.55. El señor "veterinario" dijo que "ya no vacunaba más". Le reclamé que había ido a preguntar unos minutos antes y contestó que él no me había dicho nada. Se ve que los que lo acompañan desconocen su autoridad, puesto que responden en contra de sus designios. La gata estaba ya bastante alterada, me rasguñó, mordió, orinó, y luego se escapó a la casa de un vecino. Mis hijas lloraban porque creían que perderíamos a la gata. La recuperamos. El "veterinario" insistió en que él trabajaba hasta las 13.30, y que no podía vacunarla. Pregunto entonces: ¿Qué seguía haciendo ahí a las 13.50, cuando me acerqué la primera vez? ¿Por qué no me informó que ya había terminado su horario por hoy, en lugar de hacernos pasar por todo este lío? Claro, seguramente se sintió muy macho negándole la vacuna al animal, con sus pequeñas dueñas llorando; pero claro, cuando le pedí que se identificara, ahí se terminó su hombría.


































