En La Capital del domingo 28/12 hay un extenso artículo, con foto incluida, donde se presenta un grupo de jóvenes informando que se han recibido de ateos, falta mostrar el diploma, una parodia mediática y bastante folklórica de cambiar de convicciones. Uno, que tiene más de cincuenta años en estos temas, cuando analiza sus motivos los ve tan inconsistentes y burdos que es difícil tomarlos en serio. No obstante, es bueno hacer algunas observaciones. En primer lugar, el ateo, en realidad, no existe como tal y por ende el ateísmo; coincidiendo con grandes pensadores, el ateo o ateísmo es tan sólo un deseo ferviente de negar y/o rechazar y/o desconocer la existencia de un ser superior, de tal manera que todas las acciones que uno pueda realizar estén exentas de potenciales juicios posteriores. En otras palabras, como no creo en Dios puedo hacer cualquier cosa. En mi larga trayectoria he visto tantos "ateos" que dejaron de serlo cuando le aparece un grave problema o una desgracia ya sea personal o de algún familiar, o en el ocaso de su vida. Y para muestra basta sólo un ejemplo, y nada menos que del padre del "ateísmo", Voltaire, creador de dicha escuela, que en la vejez reconoció su fracaso y peor aún, en su lecho de muerte solicitó la presencia de un sacerdote. Por supuesto, fue negada por sus seguidores para no quedar en ridículo. Si Voltaire lo hizo qué se puede creer en los demás. Es como siempre me dice un amigo: "Te juro por Dios que soy ateo".




































