Campana (Enviada especial).— Daniel Alberto Bocchi, acusado de ser la mano
derecha y supuesto secretario privado de Mario Roberto Segovia, se despegó ayer de la actividad del
rosarino sindicado como el máximo traficante de efedrina a los carteles mexicanos de las drogas:
"Yo sólo soy un empleado. No formo parte de ninguna organización", dijo en su declaración
indagatoria ante el juez federal de Campana, Federico Faggionatto Márquez. El hombre, de 54 años,
aseguró que se limitaba a realizar tareas de mantenimiento en la residencia de Fisherton de su jefe
y que se ocupaba de llevar al taller sus autos exclusivos, pero desconocer cualquier movimiento
vinculado al narcotráfico.
El colectivo del Servicio Penitenciario que ayer trasladó a
Bocchi desde el penal de Ezeiza hasta el juzgado de Campana buscó lugar para estacionar entre los
más de 20 autos incautados en la megacausa que investiga la ruta de la efedrina. Por capricho de la
casualidad, lo encontró justo entre las dos camionetas Hummer decomisadas hace 12 días en la
mansión de Fisherton donde Bocchi adujo trabajar como empleado de mantenimiento. A pasos de allí,
el fabuloso Rolls Royce del rey de la efedrina descansa bajo una palta y cubierto de polvo.
Bocchi, señalado como uno de los colaboradores más cercanos
de Mario Segovia, fue conducido ayer al tribunal porque él mismo pidió hablar. "No hay ninguna
prueba contra él. Es una locura que esté detenido", dijo a La Capital el defensor oficial
Alejandro Arguilea frente a la mesa de entradas del juzgado, donde presentó papeles que
acreditarían el vínculo laboral informal entre Bocchi y Segovia: "Era un changarín, no estaba en
blanco", dijo, y adelantó que pedirá la excarcelación.
El defensor sostuvo que a Bocchi sólo lo liga al caso un
informe de inteligencia que lo describe trasladando al taller o al lavadero los autos de Segovia:
dos Hummers, un Rolls Royce Phantom, una Range Rover Sport y un Mini Cooper.
Sin embargo, los investigadores del caso le atribuyen un
conocimiento cabal de las actividades desplegadas por Segovia, acusado de contrabandear a México
8.171 kilos de efedrina por 35 millones de dólares. También sospechan que habría actuado como su
testaferro. Pero él lo niega: aduce que sólo realizaba refacciones y mantenimiento en la casa de
Alvarez Condarco 472 bis. Y asegura que allí cumplía un horario estricto porque su empleador era
muy exigente: "quería todo ya".
Un trabajo en Trabajo. Bocchi contó que su relación con Segovia se inició en
2004 cuando él instalaba un montacargas en la ex Secretaría de Estado de Trabajo, en el edificio de
Ovidio Lagos y San Lorenzo. Allí, dijo, un empleado de la oficina que es amigo suyo (y con el que
compartiría cargos en la junta electoral de Newell’s Old Boys) le propuso realizar una obra
de herrería en la casa de Segovia, con quien lo contactó y a quien le presentó.
Bocchi contó que se ocupó de montar las rejas del frente
del chalé y así nació una relación laboral que incluyó tareas diversas: refaccionar la pileta de
natación, colocar acondicionadores de aire, levantar un cerco e instalar una garita privada frente
a la vivienda.
Como empleado del rey de la efedrina, Bocchi relató haber
llevado una de las Hummer a reparar y conducir los autos a un lavadero de Alvear y Güemes. También
dijo que se encargó del traslado, desde Buenos Aires a Rosario, de los muebles que adornan el
chalé. Pero aseguró no haber advertido los negocios oscuros que le reprochan a su jefe en la casa
donde hace dos domingos la policía encontró diez armas de fuego, 3 kilos de oro en lingotes y
divisas por un millón de dólares. Sólo admitió estar al tanto de reuniones entre Segovia y un grupo
de ciudadanos chinos con los que al parecer tenía previsto asociarse para instalar una fábrica de
CDs y DVDs en Alvear, según declaró. Un negocio que, bajo el nombre Burn & Play, Segovia
también había comenzado a montar en Alemania.
A boca de jarro. No sólo Bocchi habló esta semana. El miércoles amplió su
indagatoria Sebastián Segovia, detenido en el aeroparque de Buenos Aires cuando iba a viajar a la
triple frontera junto a su primo Mario. Sostuvo que sólo tenía una relación familiar que había
retomado hace seis meses tras estar distanciados. Sin embargo, para los investigadores este
muchacho era testaferro del rey de la efedrina.
Por su parte, el cabo de la policía santafesina Hernán
Segovia también se desentendió de los negocios de su hermano. Adujo que los viajes al exterior
sellados en su pasaporte los hizo para acompañar a Mario a comprar equipos de mp4. Que primero
fueron a Chile, pero como eran muy caros decidieron ir a China (uno de los dos países del mundo que
proveen efedrina), "porque ahí salían más baratos".
Esos viajes registrados en su pasaporte motivaron la
detención del policía el lunes, cuando una comitiva policial allanó su casa de Santiago 4818.
Cuando llegaron, los efectivos se encontraron con una sugestiva postal: el cabo estaba sentado en
un banquito en el patio y rompiendo papeles en un tacho. Como un rompecabezas, los policías los
rearmaron. Referían a negocios de su hermano.
Un patrimonio que se incrementa.
La lista de propiedades detectadas a nombre del rosarino Mario Roberto Segovia no deja
de aumentar. A la fastuosa residencia en Fisherton, las dos camionetas Hummer, el Rolls Royce
Phantom, la Range Rover Sport y el Mini Cooper, ahora los investigadores le sumaron una quinta en
Funes, un campo en San Juan y otro de 10 mil hectáreas en Santiago del Estero.
El imputado, que hace menos de cuatro años estuvo demandado
judicialmente por no pagar el alquiler de un modesto departamento de dos ambientes en el
macrocentro de Rosario, mostó un rápido crecimiento económico. Para saber cómo lo hizo y su
relación con la ruta de la efedrina, el juez Faggionatto Márquez lo recibió el miércoles en su
despacho. Es que Segovia había decidido romper el silencio, pero una vez en el juzgado dio marcha
atrás. La razón: decidió cambiar de abogado y no quiere hablar hasta que designe un nuevo defensor,
según indicaron fuentes judiciales.
La prueba en su contra es abrumadora, pero el círculo a su
alrededor aún no se cierra: "Todavía no agoté la ruta rosarina ni la conexión con Ingeniero
Maschwitz", dijo el juez Faggionatto Márquez en alusión al laboratorio de drogas sintéticas
desbaratado en julio pasado dando origen a la causa.
En tanto, los movimientos bancarios de Segovia siguen bajo
análisis, aunque hasta ahora se revelan escasos: "No vimos un seguro bancario acorde con la
tenencia de un Rollls Royce de 600 mil dólares, que paga 90 mil dólares de seguro y de patente por
año. El dinero para afrontar todo eso no está", indicó un investigador.