Las exhibiciones aéreas son espectaculares y convocan a miles de personas. Los pilotos no son principiantes; por el contrario se trata de pilotos de guerra o experimentados pilotos civiles. Sin embargo, por fallas mecánicas, errores en el plan de vuelo o en el comando de las máquinas, o por alguna descompensación física humana, se han producido numerosos accidentes. En algunas oportunidades los pilotos se eyectaron y felizmente sólo se destruyeron los aviones; pero en otras, además de las pérdidas materiales perecieron los aviadores y a veces, integrantes del público. El accidente que al recordarlo produce un estremecimiento es el sucedido en el aeródromo ucraniano de Sknyliv el 27 de julio de 2002. Se produjo porque el piloto y el copiloto se aproximaron demasiado al suelo y al no poder elevarse, se estrellaron contra un avión de transporte que estaba estacionado. Los dos hombres pudieron eyectarse sufriendo distintas heridas aunque salvaron sus vidas. Pero el avión caza que piloteaban explotó esparciendo restos metálicos sobre la multitud. Fue como una granada que mató instantáneamente a 77 personas (85 para otras fuentes) y dejó más de 500 heridos. El piloto y copiloto fueron acusados de negligencia y condenados a 12 y 8 años de prisión respectivamente. El 16 de setiembre de 1995 en México, chocaron en vuelo un avión F-5 y tres T-33 de la Fuerza Aérea, provocando el deceso de cinco oficiales. Debido a ello, en el país azteca se prohibieron durante 12 años las exhibiciones aéreas. Hace unos días La Capital informó de un accidente ocurrido el sábado 22 de agosto en el sureste de Inglaterra, donde un avión de guerra Hawker Hunter se estrelló sobre algunos vehículos en la carretera A-27, y en un sector cercano a la ciudad de Brighton, luego de una fallida maniobra de "tirabuzón". El hecho ocasionó 14 víctimas fatales. No son pocos quienes piensan que a esas exhibiciones habría que suspenderlas, pero no por 12 años como hicieron en México, sino definitivamente. Otros opinan que por ningún concepto deben prohibirse, pero debieran hacerse en lugares alejados del público, de edificaciones y rutas. Aun así, me parece que el riesgo de que un avión se precipite sobre la gente siempre estará latente. Alguien podría preguntarme, por qué no menciono los numerosos espectáculos aeronáuticos que terminan felizmente en diversas ciudades del mundo, y la pregunta sería oportuna; entonces, a ella debería responder que no ignoro esa realidad, pero un solo festival del aire finalizado con saldo luctuoso, justifica considerar cómo garantizar la absoluta seguridad de pilotos y público. No se me ocurre ninguna idea para lograr tal seguridad y creo que ello es imposible. Tal vez no haya otra alternativa que invocar la protección divina, o de rogarle a su majestad: el destino (que para muchos es lo mismo), que resguarde a los pilotos, a los bienes y al público, en cada una de esas atrayentes exhibiciones aéreas.






























