Verdaderamente me importa muy poco lo que diga el Papa, pero sí me preocupa leer cartas en las que las personas expresan sus pensamientos más egoístas. Cuando hacen mención de la homosexualidad como "vicio, degradación de la institución matrimonial y atentado contra la vida", ¿por qué mejor en vez de ir tan lejos como el Papa no se fijan acá no más, en la Argentina, donde los sacerdotes católicos –"los enviados de Dios", como suelen llamarse– cometen el crimen más horroroso, aprovechándose de su condición para abusar de niños y niñas inocentes, que sólo buscan cariño y protección? A esos hay que bajarles el pulgar, no a las personas que eligen otro tipo de orientación sexual, que en lo que a mí respecta no me afecta en lo mas mínimo. Así que antes de alabar al Papa en cuestiones menores como esas, mejor ocupémonos de que se difundan los pecados que cometen estos fieles de Dios, quienes después juzgan a los homosexuales como si ellos estuvieran limpios de todo pecado. Yo me pregunto: ¿en qué quedó el caso del padre Grassi? De eso no se habla.



































