En una conferencia que dio Jorge Luis Borges, invitado por el Círculo Médico (creo que fue en 1965), antes de que se despidiera, tuve la oportunidad de preguntarle cómo veía a Rosario; me miró -es una forma de decir- y comentó algo balbuceante: “No la veo bien”. Supuse que era una crítica a la ciudad por su apatía cultural, pero posiblemente se refería al deterioro de su vista; me quedó la duda. En el mismo año, cuando vino a Rosario Ernesto Sábato, invitado por Carmelina de Castellanos y la revista Setecientosmonos, le pregunté sobre qué esperaba de Rosario y me dijo: “Que El Túnel sea un éxito”. Creí que mencionaba al que comienza en calle Sarmiento, donde se había proyectado una gran discoteca, pero es probable que se haya referido a su novela homónima, nunca lo sabré. Ninguno de los dos volverán a Rosario para aclarar mis dudas, ya que Sábato descansa en Santos Lugares desde el 2011 y Borges en Ginebra desde 1986; lo cual no es casual, ya que, por algún motivo de nuestras vidas, ciertas ciudades nos llaman para la siesta final. Con el recuerdo de su humildad, quiero evocar a Sábato con una frase simple: “Tu voz dramática, comentando El Túnel y Sobre Héroes y Tumbas aún resuena en Rosario; siempre tendremos presente tus convicciones y tu heroico Nunca más”. A don Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo (el grande), aunque no haya visto bien a Rosario, quiero recordarlo con unas líneas de respetuosa admiración: “Hoy me animo a escribir sobre usted por verlo hacedor de un Buenos Aires, con sus orillas y extraños laberintos, por mitos de ocurrentes fundaciones. Suelo imaginarlo ingenuo y erudito, conversando con malevos y chinitas para escribir sus milongas callejeras o nombrar eternos dones en poesía. Soñador incorregible entre anaqueles y con ceguera ante aquellos cabecitas, inventó su lucidez a la hora del relato combinando temas con datos e ironía. Escila ninfa y antílopes de seis patas, un rey de fuego, uroboros y valquirias, los seres imaginarios que agradecen habitar ahora una perpetua antología. Borges, a quien Chiclana cierta noche le dijo al toque, irreverente y compadrón: ¿qué es eso, Don, de morirse sin cuchillo reculando cobardemente hasta Ginebra?”. Actualmente estos dos memorables de la literatura duermen tranquilos en las ciudades que los hicieron felices, y está bien que así sea. Siguiendo este razonamiento, aunque Rosario no sea un santo lugar, ni se consuma mucha ginebra, siento que al estar entre mis venas y yo entre sus calles, me convoca para la siesta cotidiana y también para la final… por algo será.
Omar Pérez Cantón
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