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Recorriendo calles que ya no existen

¿Y de que calles vas a hablar? Me pregunta ella. La miro y le digo, de calles que solamente están en mi memoria, que no podes haber conocido y que tal vez no existieron nunca.

Domingo 17 de Noviembre de 2013

¿Y de que calles vas a hablar? Me pregunta ella. La miro y le digo, de calles que solamente están en mi memoria, que no podes haber conocido y que tal vez no existieron nunca.

En los poemas hay muchas de estas calles. También en los tangos. Permanecen esperando que alguien las recuerde, y pienso que nadie mejor que yo, que vivo refugiado en el pasado, puede citar esas cosas que existieron y muchas otras que nunca fueron posibles.

Hoy, esta mañana, tuve que entregarme a las estadísticas, obligado por las circunstancias. No me gustan las estadísticas, en realidad las detesto. Si me preguntan cuántos libros tengo, no sabría la respuesta, ni tampoco quiero saberla. Lo mismo, sucede con los discos y con otras cosas. El mero hecho de los números le quita valor a las cosas. Los números, entre ellos la siempre dudosa cifra de un acto electoral, hacen que existan mayorías y minorías, y que en ambos casos se encuentren totalmente equivocadas. Las mayorías, no certifican la verdad de las cosas en ningún aspecto, la deforman en todo caso.

Pienso que, si fuera por el número, ese número, les daría la razón a gente tan abominable como Franco, como Hitler, como Mussolini, y como tantos otros malos imitadores de individuos que vaya a saber porque Dios los habrá creado.

Empecemos con las calles. Quiero hablar de ellas, esta ciudad es grande, no demasiado pero lo es, y si hay algo que recuerdo son esos cafés en donde solía ir con intenciones no demasiado santas, porque hay pocas cosas tan atractivas como una mujer en un café, sobre todo si no la conocemos demasiado y ella ignora, o se hace la que ignora, cuáles son los sucesos que vienen después del café. Sigo con esa costumbre pese a los setenta y ocho años que han reducido considerablemente el territorio de mis salidas. Ahora trato de vivir mis aventuras, por llamarlas de alguna manera, en un ascensor.

Muchos de los lectores de estas líneas, líneas que tratan de aparecer todos los domingos, se aburren al leer la Moviola, y me dicen que sólo hablo cosas del pasado. En un país donde la buena memoria es casi un pecado, mejor ser "un asesino de la memoria" que alguien que trata de ser veraz, en la medida que se pueda.

Es cierto que soy un convencido de que vivimos en un mundo en decadencia, o que sobrevivimos a un mundo que nos ofrece novedades de todo tipo al mismo tiempo que sin mayor preocupación nos condena al hambre.

Todo esto viene porque desde hace un tiempo trabé una relación casual con una señora mayor pero no demasiado, que en realidad debería calificar con una anciana repelente. Esta sensación no cambió cuando en algún momento decidimos acostarnos. Fue divertido hacerlo y eso determinó que quedáramos en encontrarnos una vez por semana para que ella me hablara y censurara lo que escribo. Es inteligente, diría culta, lo que me fastidia más, pero hasta ahora esas citas se cumplen rigurosamente.

Con algunos temas se ponía testaruda, a veces, hasta el momento en que le decía que se terminaba el trato. ¿Qué trato? A ella le interesaba que le hablara de temas culturales y a cambio me convidaba con un café con leche y medialunas. Si me hacía sentir muy mal, agregaba al café con leche y medialunas una copa de grappa o un whisky, un pisco o un tequila, entonces el trato renacía.

No he vuelto a pasar por ninguno de los cafés a dónde íbamos, incluso ignoro si todavía existen. Algunos han desaparecido y siento cierta rabia al pensar que ya no están. Al fin y al cabo, fueron territorios que habité durante mucho tiempo.

Ella, la otra, me pregunta ¿Y las calles? No le voy a decir las calles, con tres excepciones, ya que tengo la certeza de que son lugares inexistentes. Uno quedaba en Córdoba y Dorrego, el otro era un café chiquito frente a la estación Rosario Central, no el más grande, porque había dos. Y el tercero, era un café cuyo dueño, japonés por cierto, cantaba tangos con particular calidad.

¿Era rubia? ¿Morocha? ¿O por casualidad pelirroja? No, ninguna de estas posibilidades, era canosa, con canas muy blancas y cuidadas. Tenía auto, mejor dicho, su marido tenía auto. Y en el auto parecía surgir otra y se ponía cariñosa, lo que me molestaba particularmente. Sin embargo, algunos anocheceres lluviosos, parábamos en algunas esquinas que han quedado grabadas en mi memoria.

Una esquina, puede llegar a ser un refugio, sobre todo si llueve y queda lejos de lo que llamamos el centro. Ni tan siquiera en ese momento, ella ponderaba alguno de mis escritos. Siempre los maltrataba como si fuera una profesora de literatura, seres insoportables porque no entienden nada de lo que eso significa. Ella no era profesora de literatura. Creo que vivía de rentas, o que simplemente la mantenía el marido. Quien, si ella lo engañaba, hacía la vista gorda y la dejaba ser.

Hay días que recorríamos distintas calles de la ciudad buscando ese lugar donde meternos y conversar sobre Borges, sobre Camus, sobre Orwell. Y si no era así, ella pasaba con mucha habilidad de esos temas para hablar del clítoris, de los orgasmos, y del mal que le hacía la edad a un tipo como yo.

Desconozco si está viva. Yo estoy vivo, y ella era menor, vaya saber porque me ha cambiado. Un día que nos encontramos en uno de los tantos cafés, me dijo que ese iba a ser el último café y pensaba dedicarse a la música, por lo cual, la conversación termino allí.

A partir de ese momento, no la he visto más. Claro, que vivo como un eremita, castigado por la castidad y la sobriedad, dos cosas que llevan generalmente a la estupidez.

Ignoro si será leído por ella esto que estoy escribiendo, confieso que me gustaría que lo leyera, aunque las mujeres suelen ser tercas, una vez que dijeron no, todo lo demás es no.

Lo que quiero decir, o lo que quería decir en estas líneas que recupera parte de mi pasado, es que para mí, el pasado es una realidad, y en realidad es el presente que vivo. Y sigo en mi torpe aventura de estar rodeado de libros que no leo, de música que no escucho y me rehúso a pensar en la política o la filosofía, porque creo que ya no existen. Vivimos en un caos, que va aumentando progresivamente, no hay porque pensar que esa realidad se modificará, todo lo contrario.

Así son las cosas, en algún momento voy a recorrer esas calles que no he mencionado para comprobar que eso fue pero ya no es.

Francia

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