El barrio Santa María, en el oeste de Tartagal, vecino a Gendarmería Nacional y las vías del tren, fue uno de los más afectados por el alud que el 9 de febrero llenó de lodo, enfermedades y terror a la población.

El barrio Santa María, en el oeste de Tartagal, vecino a Gendarmería Nacional y las vías del tren, fue uno de los más afectados por el alud que el 9 de febrero llenó de lodo, enfermedades y terror a la población.
A más de un mes del aluvión, las humildes casas que quedaron en pie muestran la heridas que dejó la correntada. Entre postes derrumbados, falta de agua y luz, y calles intransitables, las carpas blancas entregadas a los afectados exibien su debilidad ante las intensas lluvias caídas la semana pasada.
"A las 9 de aquel día, estaba con mi esposo y mi hijo de 11 años y mi hija de 10. Escuchamos el ruido del agua y tomé a las dos nenas para escapar a las vías, donde el terreno es más alto. Mi esposo se demoró para subir el televisor a una mesa, pero al salir quedó atrapado en una planta y no sabe nadar", señala Gabriela Fiufi, vecina de Santa María.
Troncos cortados. Salimos con el agua hasta la cintura y esquivando troncos talados con motosierra, que no digan que la naturaleza provocó al alud, la culpa es de los desmontes que dañan la tierra", sostiene indignada.
"Mi marido pedía ayuda y los soldados que pasaban se me reían, conseguí una soga y con la ayuda de vecinos pudimos salvarlo a las 12, pero tenía una pierna lastimada. No nos fuimos porque andaban ladrones y a pesar de que el agua nos llevó colchones, muebles y rompió una puerta por donde salía todo", explica.
"Mi marido hace 30 años que es empleado municipal y sus compañeros vinieron a darnos una mano. También mi cuñado se llevó a los chicos para que duerman en su casa y empezamos a limpiar todo".
"Después, día por medio nos traían alimentos, pero era una cargada porque no teníamos la cocina. El regimiento recién empezó a dar comidas a la semana del alud. Por eso fuimos con varias familias al cuartel porque sabíamos que tenían mucha ropa y alimentos, pero no los distribuían. Había zapatillas nuevas que eran vendidas por otros vivos", señala.
"Entre vecinos nos ayudábamos, cortamos la ruta y entonces nos dieron mesas y cocinas para usar con garrafas", recordó . Sobre las viviendas nuevas, dice: "Nos quieren sacar de acá y llevarnos a casillas, pero en un lugar con tanto barro como el que tenemos ahora".
Por Mariano D'Arrigo

