Uno de los más recordados es el Dragon Bowling del Village. El complejo, inaugurado en 1998 sobre la ex fábrica Gema, vivió su época dorada con 20 pistas, las 13 salas de cine, la librería, el candy bar y el muy recordado espacio de juegos Sacoa, con arcades como Virtua Striker 2 y House Of The Dead, y en el centro el juego gigante de carreras de caballos electrónicas.
Afuera, un pequeño centro comercial en el que estaba el supermercado (primero Norte, luego Carrefour), la parrilla La Caballeriza, Burger King, entre otros, y el McDonald's en la esquina. El Village empezó a morir con el apogeo de los shoppings Alto y Portal. Además de cines con varias salas, la mayor variedad de patio de comidas y comercios de la competencia lo fue apagando de a poco, y el Dragon cerró. Hoy los juegos son Playland y las salas corresponden a la empresa mexicana Cinépolis.
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El Dragon Bowling también estuvo en el casino City Center desde su inauguración en 2009, con 14 pistas. Sobrevivió algo más que su hermano del Village, pero cerró pospandemia. En tanto, en el Portal Rosario había un bowling dentro del salón de juegos Aventura, donde ahora está Neverland.
Otro que sobrevive en la memoria es el Bowling 10 en la peatonal Córdoba al 800. Había pistas de bolos en sus dos plantas y luego abajo quedaron el bar, videojuegos y flippers. Era un paso casi obligado de los que se hacían la chupina por las tardes en los años 90. Cerró en 2019 tras el fallecimiento de su dueño, a unos 40 años de su apertura. Hoy es una sala de juegos de Fun Park.
Muchos recordarán también a Stroker, de Italia y Salta, donde ahora hay un gimnasio: era boliche, muchas pistas de bowling y mesas de pool, todo en 1. Las quejas de vecinos, que denunciaban ruidos molestos, problemas en la vía pública y transgresión de la ordenanza para funcionar como after le valieron su cierre en 2013.
Rentabilidad y regularidad
Algunos dicen que el bowling pasó de moda. Desde esta óptica, faltaría que alguien encontrara la forma de hacer un mix entre lo actual y el producto en sí mismo para aggiornarlo. Los que extrañan esa manera de divertirse, hoy manejan hasta San Nicolás donde sigue existiendo Pecos Bowling, que también tiene pool y abre hasta las 4 con una oferta de bar, comida y tragos. En la ciudad de Santa Fe hay ¡tres! lugares: Huaw, El Clásico y Stroker.
Pero los actores del rubro afirman que no es rentable, porque necesita de grandes espacios con alquileres caros, una gran inversión en máquinas y costear una considerable tarifa de energía eléctrica, mientras se busca mantener un precio "accesible" en una ciudad que no tiene el volumen suficiente de turismo para que el público se renueve.
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Además, los bolos siempre fueron un entretenimiento más costoso que otros, y la mayoría de las personas no sabe jugar. "Era caro, perdías rápido y se terminaba. Era difícil convencer a varios y formar equipo. Tendría que haber torneos para aprender", comenta una nostálgica que vivió la desertización de las salas pero ansía una vuelta.
"No es un deporte que se practique en Argentina habitualmente, como se ve en las películas norteamericanas donde la gente va con su bola y sus zapatos. Se hace como esparcimiento, pero no con regularidad, y las canchas necesitan muchos metros de superficie en lugares que son caros, climatización y que la gente vaya. No da el número", explicó Germán Imaz, CEO de Crucijuegos, en base a su experiencia con tres salas de bowling en Chaco, Salta y Tucumán.
Fuentes del rubro estiman que el costo actual de instalar una línea es de entre 40 y 50 mil dólares: el mínimo es de 4, pero lo recomendable es al menos 8 pistas, y hay dos tecnologías: una que para los bolos atados con sogas, y otras que son automáticas, estadounidenses y de primera línea, como las que tenía el Village.
"Una cancha puede tener 12 metros de ancho por 50 de largo. Más el salón, necesitás un lugar de 1.000 metros cuadrados, bien ubicado. Si lo ponés en el shopping Alto Rosario puede funcionar, pero no podés pagar el alquiler", explicó Imaz. Y cuenta una anécdota brillante: "Como la gente no sabía jugar, y vivía tirando la bola a las canchas del costado, cuando llegaba alguno con sus propios zapatos que jugaba bien, lo dejábamos usar la cancha gratis, porque hacía un show y le terminaba enseñanando a la gente".
Patines sobre el hielo
En Rosario hubo también pistas de patinaje sobre hielo. En los años 80, en el edificio de Maipú al 1000 donde después estuvieron los boliches Stadium, Planet y Sonic había un lugar donde se festejaban cumpleaños de chicos, una suerte de uno de los primeros "peloteros" de la ciudad.
Anteriormente, se habían destacado otras, como las que existieron en Necochea al 1600, San Martín al 500, avenida Eva Perón al 8800 (ex Shopping West, del empresario de autos Eduardo Garzón) y en el ex Patio de la Madera (actual Mercado del Patio, Santa Fe y Cafferata).
La última experiencia fue en el Portal Rosario Shopping, una pista itinerante que duró dos meses del invierno de 2009 y estaba ubicada en el primer piso del shopping. Podían ingresar hasta 40 personas a la vez y los turnos eran de 20 minutos. El pabellón estaba ambientado con una escenografía que simulaba un bosque nevado y los dueños habían invertido en 300 patines de origen italiano con talles para todas las edades.
La concesión era justamente de la empresa rosarina Crucijuegos, que ya había operado con esa tecnología en 2007 en el Hipermercado Libertad, también por unos meses. Luego pasó por Chaco, Córdoba, Santiago del Estero, Salta y Tucumán.
>>Leer más: En Rosario ya se patina sobre hielo
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Por qué fracasó
La situación es, en este caso, parecida a la del bowling. "Se hace como algo nuevo, distinto y si no sabés patinar te vas a caer y el hielo es duro. Es como ir a esquiar por primera vez. Te ponés los patines, viviste la experiencia pero si no lo dominaste en una hora, son pocos los que lo vuelven a hacer y Rosario no tiene un gran volumen de turismo como Mar del Plata. Además, es caro", explicó.
Pero además de superficie, se necesita mucha energía. La pista es básicamente una pileta Pelopincho de tela de 10 centímetros de profundidad, que adentro tiene una serpentina por la que circula un líquido anticongelante a 9 o 10 grados bajo cero. Cuando se llena de agua, se congela. El glicol (anticongelante) se enfría con una cámara frigorífica de comprensores de frío. En la que estuvo en el Portal, que tenía 600 metros cuadrados, usaban dos motores de 120 caballos de fuerza que consumían una locura.
"Es como un circo. Cuando es una atracción nueva, la gente iba a vivir la experiencia, pero la mayoría no volvía. Los primeros 4 o 5 meses andaba, y después dejaba de funcionar. Por eso lo desarmábamos y la llevábamos a otras provincias. Y obviamente, al que traía sus propios patines lo dejábamos entrar gratis para que lo miren los demás", recordó.
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Déficit de entretenimiento
Lo del bowling y las pistas de hielo no es un hecho aislado. Rosario es una ciudad huérfana de ciertos formatos de esparcimiento. Hay pocos karaokes: está el inmortal Bogart en el centro (clausurado con intermitencia), hay uno en San lorenzo y Provincias Unidas en zona oeste, otro en zona sur (Pagos del Sur) y otro itinerante en el bar Bon Scott de Pichincha.
Paralelamente, solo sobreviven algunos pool como Génesis, el recientemente mudado Suipacha, Bola 8 y Allison (y algunos de zona sur). No quedaron salas de escape después de la pandemia. No hay paintball (los que hay están en las afueras) ni minigolf; no hay parque de diversiones para adultos con montaña rusa (solo juegos mecánicos para chicos).
Lo único novedoso son los tres parques de camas elásticas (Proyecto Jump, Lio, y Alto Salto) y los sitios de juegos electrónicos para niños como Fun Park (en las peatonales y hay uno nuevo en Pellegrini y Corrientes) o Crucijuegos. Poco para una urbe con más de un millón de habitantes.