En un instante estalla el grito en mi cerebro: un accidente, tu papá, tu mamá, no sabemos, luego todo da vueltas, se suceden en torbellino la confusión, pánico, dolor y la pequeña esperanza que se agotaba a medida que avanzaba el tiempo y las noticias llegaban más reales . Después llegar al lugar del hecho en el kilómetro 425 de la ruta 11 de Santa Fe a Coronda, el colectivo Nº 22 de la Empresa Micro tirado en la banquina a la salida de un puente, abierto como con un cuchillo desde el frente hasta la mitad destrozado por el piso del acoplado de un camión que entró implacable partiendo al colectivo. Junto a él los cuerpos de los pasajeros que se encontraban de ese lado. Saldo: 9 muertos y 12 heridos. Edades: 38, 52, 47, 4, 2, 33… 27 años. Hora 14.30. A partir de ese momento comenzaron a aparecer los peritos, críticos, técnicos viales, políticos, etcétera. El día era bueno, de sol, pleno día, el puente angosto, los colectivos cada vez más grandes, la velocidad más elevada, la prioridad de paso, las cubiertas gastadas, choferes alcoholizados, sin dormir, uno llevaba una sandía en su falda mientras manejaba, y yo sumido en la más grande de las soledades me preguntaba: ¿por qué?, ¿desidia, imprudencia, soberbia política, deshumanización, intereses? Ya nada sería igual para mí. Había quedado solo. Hoy tengo 65 años, pasaron ya 47 años de ese día fatal (15 de febrero de 1963) y todo sigue igual: la ruta, el puente, las falsas promesas se diluyeron en el tiempo. Por eso cada vez que ocurren accidentes como el de Villa Guillermina pasa por mi cabeza el más triste capítulo de la historia de mi vida y escucho funcionarios defendiéndose como gato entre la leña tratando de justificar que hoy ellos están en su casa con su familia entera cobrando sueldos inmerecidos buscando culpables en la oposición o en los que se fueron. Y dentro de una semana ya se irán acallando las voces hasta que no se hable más del asunto como pasó con Ecos. Y deberá suceder otra tragedia para que recordemos ésta y otras tantas, y nos indignemos y culpemos y acusemos hasta que nos sintamos buenos y creamos que podemos salir a destilar honestidad. Pero eso sí, dejemos todo como está, no hagamos nada por mejorar las rutas, hacerlas más seguras y evitar accidentes. Total la gente ya votó y en poco tiempo se van, y esta manada de corderos llamado pueblo que no se anima a decir "basta" recibirá a los que vengan lleno de ilusiones por falsas promesas mientras lloramos en silencio a nuestros muertos.



























