Leí en La Capital del 1º de abril pasado una larga e interesante nota hecha al padre Ignacio Peries. En el apartado "Aborto, divorcio y educación sexual, respuestas desde la óptica del padre Ignacio", manifiesta obviamente el parecer de la Iglesia. No voy a defender lo indefendible, es la óptica de un hombre que como manifiesta él mismo en el reportaje, es "uno más, como los demás". No creo que se pueda recriminar un modo de pensar determinado, pero lo importante es tener en cuenta que se trata de nada más que de eso: lo que piensa un individuo que vale tanto como cualquier otro, más allá de su exposición mediática y la trascendencia social de su trabajo. Este sacerdote opina como sacerdote de la Iglesia Católica Apostólica Romana y en este caso a espaldas de los avances científicos y de la evolución de las instituciones sociales; es decir, la Iglesia de siempre, la que pudo sobrevivir hasta hoy incorporando cambios gatopardísticos. Hoy ya no manda a nadie a la hoguera, como lo hizo incontables veces, lo que no implica que haga menos daño cuando uno de sus referentes utiliza un medio social de alto impacto para manifestarse. Es la misma iglesia que se opuso en su momento en nuestro país a la educación laica, al matrimonio civil, al divorcio, la que acompañó, silenciosamente cómplice, terribles trayectos históricos; no podemos esperar mucho más. Ojalá que cuando el padre Ignacio dijo: "La homosexualidad es un problema psicológico" (es lo que se lee al respecto en la nota), se haya referido al problema de la homofobia, que está relacionado con la sexualidad del otro y que sin dudas es un verdadero trastorno psicológico y social. De no ser así, el padre habló ignorando lo instalado por la ciencia a través de la Organización Mundial de Salud (OMS), la Asociación Médica Americana, la Asociación Nacional de Trabajadores Sociales, la Asociación Nacional de Psicólogos Escolares, entre tantas que han dejado de considerar la homosexualidad como una enfermedad o trastorno. Además, con esa afirmación el sacerdote pasa por alto nada menos que lo que establece el derecho positivo de nuestro país (ley 26.618/ Decreto 1054/10 ) sobre el matrimonio igualitario.






























