La imagen de un niño sirio muerto ahogado en su intento de huir (junto a sus padres) de la guerra en su país, que publicaron todos medios de información de todo el mundo, es estremecedora. ¿Hasta cuándo la humanidad repetirá los mismos errores? ¿Y los representantes de las naciones poderosas, que se supone son expertas en relaciones políticas y, por lo tanto, cuentan con todos los recursos para intervenir y pacificar las cosas, dónde están que no hacen algo en favor del pueblo sirio, que desde hace cinco años paga con dolor y muerte la desmedida ambición de intereses espurios (cautividad política, pobreza, violación de los derechos humanos, desigualdad)? Ver morir a un niño de manera tan injusta y tan cruel, debería sacudir de la modorra y la indiferencia al resto de la humanidad. Si bien todas las muertes en la guerra son injustas y dolorosas, la de un niño tiene aristas especiales. Porque con su muerte se está matando el futuro generacional, la inocencia y la esperanza. Es como cortar la rama que contiene la flor y tirarla por el solo gusto de hacer daño. O como satisfacer un deseo perverso que vive dentro del hombre malo, que jamás se detuvo a pensar en las consecuencias de su maldad. Desde este espacio me aúno al clamor de los necesitados no sólo en Siria, sino en todos los países en guerra o en riesgo de guerra: ¡Paren el dolor! ¡Alguien ponga un poco de cordura! Y piensen en lo bueno y noble que tiene la paz.
































