Los que la caminan hace años o décadas (el automóvil no vale) saben que la noche es un mar. Quienes
navegan en sus aguas conocen bien el valor de los puertos. Los puertos son pocos. Son cada vez
menos.
El tiempo es implacable. Barre con las personas y también con los lugares. Y
entonces, quienes vivieron otra época pierden las referencias físicas, se quedan sin paisaje. A
veces, no saben ni siquiera dónde están: su ciudad, la que ellos anduvieron, ya no existe. Excepto
en la memoria.
Por eso tienen tanto valor los sitios que sobreviven, los viejos puertos que
siguen abiertos a las naves de altura y también a los botecitos, a las balsas, a los náufragos. Por
calle Tucumán entre San Martín y avenida Belgrano se abre, invicto, uno de esos puertos del pasado,
que continúa siendo refugio de los veteranos y también es irresistible imán para los jóvenes. Se
llamó, allá a principios de los ochenta, San Telmo. Después pasó a ser Luna.
El jueves pasado Luna cumplió un cuarto de siglo. Veinticinco años de copas y de
música y de encuentros y de noches largas que trepaban sigilosas a buscar su madrugada. Varias
generaciones de rosarinos conocen bien su patio con el árbol (un ficus benjamina) abierto en el
centro con sus ramas tentaculares apuntando al cielo oscuro. Y caminan de memoria por su estructura
en ele, bajan también de memoria su escalera aunque el alcohol ingerido no ayude a la estabilidad
del cuerpo ni a la fortaleza del alma.
Tantas cosas han pasado en Luna. Seguirán pasando en Luna si tenemos suerte.
Muchos amores han nacido bajo su techo. De los eternos, de los breves, de los
imposibles.
Y miles de amistades se han forjado entre sus muros viejos, entre guiño y guiño,
entre copa y copa.
El jueves, los fieles volvimos al templo.
Una vez más.























