Los seres humanos solemos gritar ante el dolor, la alegría, el miedo o la bronca. El grito motiva, libera tensiones, conmueve, pero siempre comunica. Hace algunos días, mientras iba caminando por la calle 3 de Febrero y Servando Bayo fui sorprendida por un muchacho violento y perturbado que se tiró de una moto, en la que iban otros dos delincuentes, para robarme la cartera. Tirada en el piso, mientras me golpeaba, yo gritaba “socorro” tan alto como podía. Gracias a Dios me comuniqué con muchos vecinos de la cuadra que salieron a la calle y también a gritos mientras corrían hacia donde yo me encontraba lograron ahuyentarlos. De no ser por ellos, que decidieron “meterse” y respondieron a mi pedido de auxilio con grandeza, este suceso hubiera tenido otro final. Dios bendiga a quienes eligen comunicarse a pesar del riesgo que implica intervenir. Deseo que Dios le dé a mi agresor una oportunidad para cambiar el rumbo de su vida, porque él tuvo la mía en sus manos y me dejó vivir.































