Es cierto, nos venden un buzón. Y lo que es peor, lo compramos, alquilamos, pagamos intereses y regalías; peleamos por él como si fuese nuestro y hasta lo defendemos. Vivimos en un país donde la mentira es una cotidiana construcción social y en ese continuo devenir mantenemos los ojos bien cerrados para no sentirnos culpables de lo que toleramos. Pagamos la boleta de luz más cara del país y sufrimos cortes todos los días. Esperamos que pase el calor, y por supuesto, la seguimos pagando como si nada hubiera pasado. Subsidiamos los trenes, subtes y colectivos de Capital Federal y el conurbano, que jamás usamos. Tenemos los teléfonos fijos y móviles más caros del planeta para que españoles y franceses puedan gastar unos pocos euros en comunicaciones. Hasta se acepta que los aportes jubilatorios sean plata girada al exterior por privados. Pagamos los impuestos para que pavimenten sólo el centro. Pedimos seguridad pero nadie se hace cargo de años de políticas generadoras de marginalidad, desocupación y destrucción del empleo. El buzón es tan grande como irreal pero igual parece que estamos dispuestos a pagar intereses por tenerlo. El sector agrario dice que no le alcanza para vivir y hace manifestaciones en cuatro por cuatro. Compramos departamentos nuevos sin ningún tipo de seguridad o escaleras de incendios. Llevamos nuestros hijos a peloteros y salas de juegos donde encontrar la salida de emergencia es una verdadera hazaña. Pagamos rutas y autopistas que lo único que pueden garantizar es que con suerte no te atropelle algún tirano al volante, un supercoche insólito de dos pisos o un bache tan grande como los que deja Aguas Provinciales en cada esquina de la ciudad. Nos gusta la mentira porque nos justifica. En 1955 se apoyó que las Fuerzas Armadas bombardearan Plaza de Mayo. En 1976, la dictadura. En 1988 las leyes de punto final y luego los indultos. Y en el transcurrir de todos esos años toleramos la destrucción de la industria nacional, de la cultura popular (hasta prohibieron el carnaval), y la desaparición de miles y miles de personas, torturadas, arrojadas al mar y/o fusiladas. Todavía algún ingenuo sigue pensando que existió una guerra. Una vez, cuando era chico, me dijeron "la mentira tiene patas cortas", pero nunca me comentaron que había más de 40 millones de patas.
































