El viernes 3 de mayo pasado, en el porteño barrio de Balvanera, una bala disparada en una acción delictiva rebotó en la calzada y mató a una mujer que había bajado de un colectivo. El lamentable suceso reavivó la polémica acerca del destino; una polémica que viene desde muy antiguo y que seguirá hasta el final de los tiempos, sustentada por filósofos, pensadores, escritores, científicos, poetas, artistas y hombres y mujeres comunes de las sociedades del mundo. Unos piensan que “todo está escrito” y Dios, la vida, el destino en definitiva, ha señalado con absoluta precisión desde antes del nacimiento, los acontecimientos alegres y tristes que jalonarán la existencia de un ser humano; por eso el filósofo alemán Oswald Spengler afirmaba que el destino está escrito en los genes; aunque la afirmación tiene que ver más con enfermedades futuras que con otras cuestiones felices o aciagas. Otros defienden la tesis según la cual cada uno es el artífice de su propio éxito o fracaso; pero yo creo que eso recién podría ser cierto a partir de que se tiene pleno raciocinio, por lo que esa posición argumental, al menos, no parece completa. Por su parte el diccionario de la RAE explica que el destino o hado, es una fuerza desconocida que obra irresistiblemente sobre los hombres. Hay quienes argumentan que si alguien cruzó la avenida mirando para el lado contrario, no puede culpar al maligno hado; pero sucede que fue precisamente su hado el que lo hizo cruzar distraído. Una persona muy contrariada porque por unos minutos perdió su vuelo a Europa, se entera horas más tarde que el avión cayó al mar y no hubo sobrevivientes. Y un pasajero muy feliz porque pudo abordar el mismo avión por cuestión de segundos, no hizo más que tomar un vuelo sin retorno. Y así podría referir numerosos casos, comentando hechos dictados por los misterios insondables de un cruel destino, y sin que “se lo buscaran”, como suele decirse a veces, queriendo atribuir el accidente a culpabilidades personales. La conocida expresión “se lo buscó”, suele aplicarse ante casos de imprudencia o temeridad, cuando, como dije antes, en mi opinión tales procederes estuvieron marcados por el hado. Ahora bien, con ese criterio, dirán algunos, toda actitud delictual o de extrema imprudencia que quite la vida o lesione a terceros no debería ser considerada por la Justicia porque así lo dispuso el famoso destino. Pero los legisladores crearon las leyes, pensando que si desgraciadamente dicha actitud fue inducida por el destino o fue el resultado de una propia determinación, merece castigo. Yo, como tantos, creo en el destino, y “la otra mitad de la biblioteca” sostiene que lo edifica cada uno. Esta apasionada discusión subsistirá hasta que se desintegre el mundo o el planeta arrase con todos los seres vivientes; eso, si así lo dispone el destino.




























