Poesía / Crítica

Las aventuras del sentido

En "Canódromo", su último libro, Bárbara Belloc se planta en un territorio muy personal y da pruebas de múltiples recursos para extraer el latido sepultado en el fondo del océano de la lengua

Domingo 21 de Marzo de 2021

Casi una decena de libros y treinta años de ejercicio de la poesía preceden Canódromo, la última obra de la poeta y traductora argentina Bárbara Belloc. Canódromo confirma la constancia de un estilo personal, pero se trata de una fidelidad dinámica, pues le permitió experimentar, sin rupturas espectaculares, una evolución purificadora del lenguaje poético. Belloc vino así afinando sus medios expresivos, de tal manera que en este poemario las virtudes que la definían se muestran en plenitud: la rica inventiva metafórica, la diafanidad en el trazado del verso, la coherencia estructural y del significado y equilibrio sintáctico del conjunto: su ritmo. Unidad de estilo y una identidad personal que ha hecho de sus palabras un lenguaje identificable, en esta nueva oportunidad, a través de una serie de mitologías caninas sui generis. “Nacida para morir/ (no por decir, porque es un hecho)/ siento tu cuerpo/ la vara del helecho que se abre/ la Vía Láctea”. El peso emocional que contienen algunos poemas no ha desequilibrado su desarrollo. La palabra fluye como dotada de una palpitación rítmica de acordes lentos. Es de señalar, por otra parte, el mérito de Belloc –poco común en la copiosa producción poética de estos días– de no apelar a imágenes generales, de tipo estándar, ni a simbolismos de uso convencional: por la sencilla y a la vez complicada razón de saber crear los propios. Versos concentrados, que despliegan con ojo avizor y oído atento, capas y más capas de sentido, atravesados por una variada zoología animada: osos, ciervos, liebres, medusas, ratones y, claro, perros. En ese sentido, se trata de un libro conceptual, cuyo código de lectura múltiple, se enriquece y potencia tras cada atenta relectura. Poesía que indaga, examina y trae a superficie desde el fondo del océano de la lengua, el pulso preciso, su latido mutante.

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Así, en Canódromo se experimenta un proceso de creciente intensidad y depuración. Una voz proyectada desde el sentimiento de la existencia y, a la vez, abierta a una sutil función especulativa. Esta síntesis se resuelve mediante un lenguaje accesible de tono elíptico y lograda transparencia hermética (válgase el oxímoron). No obstante la estructura aparente inorgánica de los poemas, éstos se presentan como construcciones sólidas y con sus partes ensambladas en fluida solución de continuidad. “Ramas del nogal/ cargadas de nudos,/ estrellas que brillan/ noche y día, cada cual/ su suerte, verte es/ todo el tiempo en todas partes/ y tenerte agua que se escurre/ entre mis dedos”. La poesía es instauración por la palabra y en la palabra. En el procedimiento formal de Belloc, el comienzo de cada poema asume una expresión neutra, pero en su desarrollo va adquiriendo una fuerza y una vivacidad acorde con las múltiples aventuras del sentido.

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Canódromo (fragmentos)

El coro espontáneo de Villa Unión, La Rioja: por lo menos

200 perros, los escuché una noche.

Mentalmente no podía tomar nota de la partitura,

sentimentalmente miraba la luna llena con cara de liebre,

observando medio mundo simultánea e instantáneamente,

próxima la Madre de los Metales, opaca y poderosa, en

combustión mi corazón salvaje, en espíritu, la palmera

transparente.

Un hombre llamado Ovidio, autor de una tragedia en latín

de tema contemporáneo, actual, que no se conserva

(Medea), escribió que toda turba, multitud animosa o jauría

es cupidine pedae, expresión que puede traducirse como

“presa del deseo de predar” y “Cupido de las presas”.

Un poeta ruso del siglo XX al fin entendió que una mujer

tiene amor, y por ese amor busca amantes.

Un poeta conocido antes en occidente como Li Po, y ahora

como Li Bai, Li Bo, Taibai y Li Tai-bai cantó, en el ápice

puntiagudo de la edad dorada de su civilización y bajo el

influjo (hsien, el lago sobre la montaña) del vino, sub rosa,

es decir, por obra y gracias de los perpetuos oficios de

Horus, dios del silencio en todo otro tiempo y lugar, el cielo

borracho y entintado, papel de calcar y encima papel

secante, estos dos versos inmortales:

¿Qué hay que pensar?

¿Qué hay que dudar?

El poeta cantaba sus ocurrencias cuando iba por los

caminos aullando en círculos y acercándose a la luna, ebrio

como un perro que roe las piedras para arrancarles el

tuétano , porque así son los poetas: incivilizados, y su oficio

es contra natura.

Y toda la noche, la noche larga, desnuda y enmarañada

como una viña (era la primera vez), mientras la perra con

sangre de coyote llamaba a su manada en la montaña más alta como una metafísica, como una diosa desatada, como

cuando las montañas volaban, yo temblaba de frío al pie de

la tierra negra, en el valle hondo como cráter, y para

consolarme mezclaba en mi recuerdo lo que perdí con lo

que quise abandonar, como un ratón a su madriguera

separa los granos distintos en parvas distintas, yo mezclaba.

Clamando al cielo de la pampa

“santo santo santo” pasaron

las nubes, pasó mi hora, pasaste,

mi pasado pasó sin dejar rastro,

sin seguir huella, llegaron santas

las estrellas.

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