Las necrológicas son un género triste. Cuando alguien cruza el río y se pierde para siempre, las
palabras no alcanzan a aferrar sus manos, no reemplazan al abrazo fraterno, no pueden ir a tomar
con él una copa. Pero a veces son el único refugio que nos queda ante el dolor inexplicable de la
muerte.
Días pasados falleció el padre de un amigo. Me enteré tarde, no fui. Después, de a poco,
fluyeron los recuerdos. Y una convicción clara, definitiva: se había ido un buen tipo. Un tipo
derecho, un hombre decente.
Rara avis para la Argentina de estos tiempos. Y esas virtudes, las virtudes cotidianas,
las que deben presuponerse en todos y sin embargo escasean cada vez más en el país, esas mismas que
él encarnaba sin fallas, merecen un homenaje. Este es mi homenaje a don Alcides Rossi.
Su casa era de puertas abiertas. Había siempre afecto, música, charla. Caía la barra de
Carletto (su hijo mayor, mi amigo) y jamás se escuchó una queja. Siempre había un
tupper con milanesas ya horneadas o con fiambre de todas clases, siempre aparecía una
botella de tinto. Y ya en la madrugada larga de cine y tabaco, se abría el escondite donde dormía
el whisky. Militantes, músicos y poetas encontraban allí un segundo hogar, un beso cariñoso de la
Coca (su mujer, que también se fue) o el reto cómplice de Catalina, que trabajó allí gran parte de
su vida y ya era como de la familia.
Conmigo, don Rossi siempre se quedaba a conversar. Le gustaba hablar de política. El
peronismo fue su obsesión: aunque era de clase media hasta el tuétano, se había hecho de abajo,
trabajando duro. Y mientras muchos de sus
pares apoyaban con fervor la represión y los golpes de Estado, él nunca se bajó de la
defensa de la democracia, aunque el radicalismo le cayera tan simpático como el agua mineral sin
gas.
Cuando se enteró de que el alcohol ocupaba un lugar destacado en la lista de mis afectos y
notó que me hacía el entendido en el tema, empezó a compartir sin egoísmos las joyas de su bodega.
Se tuvo que bancar mis retos cuando me enteré de que, como muchos argentinos de entonces, dejaba
añejar largo tiempo los vinos, persuadido de que así mejoraban. Hubo que abrir varias botellas cuyo
contenido era vinagre para convencerlo de que ya era hora de dar cuenta de todo el bagaje etílico
del hogar, objetivo con el cual me solidarizaba, por supuesto.
En fin, nos reíamos. Con el telón de fondo de la Argentina de los ochenta, entre alegrías y
desastres, pasó la juventud. Y ya no lo vi más a don Rossi. Los caminos se bifurcaron, aunque la
memoria no se extinguió.
Me acuerdo todavía de su responsabilidad, de su decencia. De su nítido ejercicio de la
franqueza, de su bonhomía sin fisuras, de su pasión por la música y su amor por la buena mesa. Y
pienso que con más tipos como él, que nunca entregó sus principios a cambio de dinero, las cosas
funcionarían de otra manera.
Los países no son abstractos: son un conjunto concreto de personas, una comunidad de gente.
Cada uno es importante, y lo que hace cada uno es crucial. Don Alcides Rossi fue un tipo derecho,
que tal vez mereció cosechar más por lo que había sembrado.
Los años se van y todos nos iremos. Qué mejor herencia que el ejemplo.






























