No hace tanto tiempo de esto, aunque parezca que hubiesen transcurrido siglos. ¿Cuántas personas
se animaron a ingresar sus datos reales cuando crearon su cuenta de correo en Hotmail, digamos, en
el 2000? Todo lo que escuchábamos era que no existía en el mundo algo más inseguro que enviar
nuestro número de tarjeta de crédito para hacer una compra en línea.
Entonces, registrar nuestra verdadera fecha de nacimiento en el ciberespacio seguramente era
servírsela en bandeja a cualquier abominable monstruo, que terminaría por utilizarla quién sabe con
qué finalidad.
Estábamos entrando en el siglo XXI bastante decepcionados. Desde que tengo uso de razón que nos
prometían que para entonces viajaríamos en autos voladores, que una mucama-robot como la de Los
Supersónicos nos cocinaría el almuerzo y que la cerradura de casa sería reemplazada por un sensor
que reconocería nuestras huellas dactilares. El 2000 siempre fue el futuro.
Pero el "año bisagra" llegó y nos levantamos igual que siempre, el auto seguía teniendo cuatro
ruedas y el microondas no se parecía en nada a la Robotina de los dibujos animados. ¿Qué nos habían
dado a cambio? Internet, un entretenimiento caro que tenía algo de información, un puñado de
jueguitos y millones de fotos de mujeres desnudas.
Pasaron menos de diez años y la vida sin internet parece inconcebible. Los costos son cada vez
más accesibles y, aunque son muchos los que no tienen (ni tendrán) una conexión en su casa, por
poco dinero se puede revisar el email o hacer una búsqueda por Google en el ciber. La web cambió
muchos de nuestros hábitos: es más barato chatear que llamar por teléfono a España, la
correspondencia sigue siendo tan lenta como hace dos décadas mientras que el correo electrónico es
instántaneo, y aquellas eternas discusiones sobre la altura del monte Everest o la formación del
Racing de José ahora se resuelven en segundos con Wikipedia.
Ahora no sólo compramos en los sitios de subastas online y subimos nuestros datos reales a la
web, sino que además la Web 2.0 logró crear un "espejo" de nuestras vidas en internet. Las
comunidades de usuarios y sus redes sociales permitieron que un amigo virtual pudiera ver en
YouTube el video de nuestras vacaciones en Brasil, que todo el mundo se enterara por nuestro blog
que el fin de semana tomamos una copas de más o que un pariente en la distancia vea crecer al
benjamín de la familia gracias a un álbum de imágenes en Fotolog.
Antes, la única voz con autoridad sobre temas científicos o sitios remotos era la enciclopedia
de la casa. Hoy, cualquiera se anima a crear o editar un artículo en Wikipedia, la enciclopedia
colaborativa más grande del mundo (sólo el sitio en castellano ya reúne 850 mil páginas) que,
contra todos los pronósticos, "aprendió" a depurarse por sus propios usuarios y ofrece información
confiable.
Pero todavía existen los que desconfían de internet. Una amiga me pidió ayuda: quería enviarle a
una persona que ahora vive en Europa fotos personales pero buscaba un método más práctico que el
email. Sugerí Flickr, un sitio para compartir imágenes que permite bloquear la galería a los
usuarios que no estén habilitados por el "dueño". No son más de cuatro pasos: hay que crear una
cuenta, subir las fotos, enviar una invitación al destinatario para que abre su propia cuenta en
Flickr y finalmente habilitarlo como contacto para que pueda ver las imágenes. Ella supuso que su
amiga no estaba dispuesta a cumplir con el trámite, por lo que le propuse no bloquear la galería,
dejarla "abierta" a todos los navegantes de internet. "¡Ah, no! ¿Y si alguien baja mis fotos y las
retoca?", se quejó. Sí, claro, existe la posibilidad, pero dudo que "alguien" (seguramente se
refería a algún conocido de carne y hueso) encuentre esas fotos, se tome el trabajo de modificarlas
y finalmente decida extorsionarla. Otra vez aparecía en escena aquel temido monstruo que podría
utilizar nuestras cosas personales quién sabe con qué finalidad.
Probablemente ella no forme parte de la estadística que realizó la empresa Nokia, que vaticinó
que, en el año 2012, un cuarto del contenido de entretenimiento de internet habrá sido creado por
los propios usuarios para enviar a sus amigos. Un buen ejemplo de a qué se refiere este pronóstico
es YouTube, el sitio de videos hogareños en el que se pueden ver bandas inéditas, parodias de
películas, shows como en la tele, noticieros, obras teatrales, animaciones sorprendentes y hasta
una rubia haciendo el playback de un viejo hit de
Britney
Spears en el que imita locaciones, poses y hasta la vestimenta de la cantante.