Según el sociólogo alemán Max Weber, la soberbia política tiene tres caras: positiva, sentido de responsabilidad y mesura. Esta última característica le impide distanciarse de la realidad; interpreta erróneamente lo que pasa en su país que es como desnaturalizar las pretensiones del soberano. Esto ocurre que cuando se lo considera excelso el supremo se cree irreemplazable y el engreimiento suele llevarlo al desprecio de la crítica. También, debido a la patología, cualquier autoanálisis tornase imposible y en este contexto, la gestión pública termina incurriendo en prácticas autoritarias ya que se descalifican las restricciones legales porque afrentan al pundonor del gobernante. Conforme a su óptica, los mortales que no consiguen triunfos comiciales tienen la obligación de loar al nuevo mecías respaldado por los gorriones del oficialismo, lo que hace creer a un presidente que su popularidad se mantiene imperturbable atendiendo a funcionarios lisonjeros. Rechaza las encuestas ventiladas para que no se compruebe la decadencia de su gobierno. Bosteza si alguien diserta sobre los exabruptos ministeriales. Sonríe ante solicitudes de circunspección e infravalora las denuncias que revelan los actos corruptos y los palacios gubernamentales se convierten con facilidad en torres de marfil, un espacio en que sólo habita el ególatra y su claque. En cambio, la antitesis griega ubica a la soberbia política como ética aristocrática considerada como la verdadera perfección de los espíritus selectos. Para ellos, la soberbia política era la sublimación y la magnanimidad que es para el político lo más difícil de conseguir. La alta estimación del amor propio del político era algo así como la valoración del anhelo hacia el honor, porque la soberbia procede del ahondamiento por el amor de las instituciones que forjan la ética política. Aristóteles termina diciendo: “La soberbia política es la más alta entrega hacia un ideal enaltecido”.





























