Hay un poeta que me formó, al que quiero mucho y a quien siempre vuelvo: el francés Paul Eluard.
Cuando tenía apenas diecisiete años, iba especialmente a la Biblioteca Argentina a buscar tres libros que ya por entonces (1981) estaban agotados y por supuesto siguen agotados: los tres tomos de su Obra Selecta, traducidos con belleza por Marcelo Ravoni. Me sentaba largamente en las tardes de invierno de la dictadura a leer aquellos poemas tiernos y luminosos, donde no faltaba el misterio y sobre los cuales se cernía, a veces, la sombra inequívoca de la pena.
Después, a lo largo de las décadas, entre encuentros y pérdidas, seguí conversando en silencio con Eluard. Y noches pasadas, mientras repasaba distraído una de las libretas donde tomo apuntes de lectura, me encontré con una frase suya que me dejó, de nuevo, pensativo.
Es esta: “No dejemos perfeccionar, embellecer, aquello que se nos opone”.



























