Plaza Bélgica, en la esquina de Zeballos y Colón, es uno de los rincones más entrañables de
Rosario. A pesar de las “modernizaciones” de las que fue víctima, continúa teniendo un
aire entre antiguo y pueblerino que la distingue como lugar verdadero en medio de tanto sitio
intercambiable.
Mis recuerdos de ella sólo son felices. Pienso en aquellas tardes de los ochenta
cuando robaba moras con una chica de largo cabello color miel que leía a Cortázar, o en la imagen
inolvidable del desaparecido ombú que me guiaba como un faro en las caminatas nocturnas.
Todavía es posible sentarse en uno de sus bancos de madera y mirar la luna en
los crepúsculos de verano. O llevar un libro y perderse en vagas ensoñaciones.
La ciudad es generosa con quienes creen en ella. Con quienes la aman y no dejan
de recorrerla con los pasos y la mirada.
A quienes le son fieles, ella les entrega los paisajes más puros: son aquellos
que preservan el sentido cuando la vorágine manda.
Plazas, bares, librerías de viejo. Cines, árboles, balcones y ventanas. Formas
de la belleza urbana real, que no tiene nada que ver con el lujo, el poder ni el progreso sino con
la historia, la sensibilidad y la ternura.
Siempre volveré a plaza Bélgica.
A mirar crecer el ombú nuevo.
.























