Mi nombre es Valeria Virgilio, hija de Yolanda Antonia Carrizo, quien falleció el sábado 7 de julio pasado. El 22 de marzo mi madre fue internada en el policlínico Pami II por ictericia obstructiva-colelitiasis y dada de alta el 17 de abril. El 4 de abril la operaron (durante tres largas horas) de vesícula y en ese momento le detectaron un tumor maligno de páncreas. En ese instante, tan largo como la eternidad, comenzó la angustia. Sabía que la muerte era inminente, sólo me propuse estar a su lado, evitarle el sufrimiento, tanto físico como psíquico. Por lo tanto, no le dije nada sobre su diagnóstico. ¿El tiempo? ¿Quién conoce su fecha de vencimiento? Tan sólo había que esperar. No tengo más que palabras de agradecimiento hacia los doctores Espósito, Bitteti, Bricas, Audano, Cárcamo Díaz, Rasse, Maggio Farina; el equipo de enfermeros (en especial María Isabel) del primer piso, camareros, mucamos, camilleros y el personal de seguridad, quienes supieron contener o simplemente sonreír durante esos 27 interminables días. Luego, mi madre continuó atendiéndose con los doctores Romera y Ramírez (en dicho policlínico) y Parenti (internación domiciliaria) quienes tuvieron la misma calidez antes mencionada. Su médica de cabecera, Lucía Bernal, que supo escuchar, sostener y explicar. El servicio de emergencia Ecco que concurría a la brevedad ante mis llamados. Yo sólo quería sostener su mano cuando cruzara el umbral definitivo, pero el sábado 7 de julio cuando ingresó nuevamente al policlínico alrededor de las 14 quedó en la guardia y no se me permitió estar a su lado. Ante mis reclamos, el doctor Andrés C. salió y me dijo: ¿Qué querés? ¿saber cómo está tu mamá? Se está muriendo. Le dije que ya lo sabía, que sólo quería estar a su lado, pero volvió a negarse. Valoro el trabajo que hacen allí. Sé que hay muchos ancianos abandonados. He visto llantos absurdos, soledades injustificadas. Desde la puerta interna de la guardia donde la gente saca número para ser atendida hasta dicha sala hay una galería llena de camas. Ese día estaban vacías, la podrían haber puesto allí a mi vieja; hay biombos y yo con ella. Alrededor de las 18.30 volví a solicitar pasar. Accedieron, pero ya estaba muerta. Nadie se había dado cuenta. No sé cuanto tiempo tarda un cuerpo en enfriarse, pero ya lo estaba. La insoportable angustia de esperar su muerte había terminado. Después, las idas y vueltas desde Pami a la cochería para obtener el certificado de defunción. Entre errores ortográficos y datos incompletos tuve que ir y venir varias veces. ¿Es tan difícil transcribir algo correctamente? En la cochería completan uno como borrador para que el médico lo copie y entregan dos incompletos más porque "seguro que se equivoca". En el certificado de defunción figura como hora de la muerte las 19, pero ese fue un error mío. Dije la hora en que había llegado a la cochería. Tampoco nadie se dio cuenta.



























