Estimado señor Raúl Giménez, con relación a su carta publicada en la fecha (18/2) le comento que un número no determinado de argentinos (aunque se estima no muy numeroso) nos encontramos en la misma situación que la suya. Tengo 62 años, 38 años de aportes jubilatorios y hace tres años que rescindí mi relación laboral con la empresa para la que trabajaba. En la Cámara de Diputados hay varios proyectos que contemplan nuestra situación, algunos fueron aprobados en distintas comisiones, pero como la orden de tratarlos “no baja” de Olivos estarán durmiendo en algún cajón del Congreso. Quien suscribe le ha escrito dos veces e-mails a todos los diputados y senadores de nuestra provincia que, suponemos, deben velar por nuestros derechos que son los mismos que los derechos de otras minorías que sin duda tienen una preferencia especial, quizás porque dan más prensa. Ninguno de nuestros representantes ni siquiera me contestó con un simple “recibido”. En el supuesto que decidiéramos cambiar de sexo, que es mucho más sencillo que obtener una respuesta a nuestro justo reclamo, ya estaríamos jubilados. ¡Qué paradoja, no! No es una propuesta, sólo un comentario. No bajemos los brazos, quizás el poderoso incentivo de un año con elecciones nos otorgue lo que estamos pidiendo.































