Para no descalificar a priori lo afirmado por usted, señor José Simón Perisset, en la carta que publicó La Capital el 15 de enero del corriente, titulada "Homosexualidad polémica", le ruego me permita una digresión. Si usted tuviera un hijo que, "en un acto libre y estéril desde el vamos", abrazara la carrera del sacerdocio, quizá se habría privado a la humanidad de la aparición de un segundo Einstein, o salvado a ésta de la posible aparición de algún "vicioso" homosexual. Difícil saberlo. Este ejemplo por sí mismo no le da la razón al Papa, toda vez que los sacerdotes a raíz de su voto de castidad tienen prohibido generar vida, disposición "contraria al orden natural". Ahora bien: verme obligado a leer en los albores del siglo XXI que "la homosexualidad es un vicio, una degradación, etcétera, aparte de darme grima", me hace pensar con profunda preocupación en qué es lo que han aprendido los católicos como usted (hay otros, Deo gratias) en los siglos que pasaron desde que su Santa Inquisición condenaba "a galeras de por vida" a los homosexuales.



































