Para no descalificar a priori lo afirmado por usted, maestro Cristián Hernández Larguía, en la carta que publicó La Capital el 2 de enero del corriente titulada "El Papa y la homosexualidad" le ruego me permita una digresión. Si para darle vida su padre en vez de unirse a su madre se hubiese apareado sexualmente con un amigo íntimo en un acto libre, pero estéril desde el vamos, habría privado a la ciudad de Rosario de un maestro, de un artista notable que nos deleita con sus conciertos musicales y villancicos navideños en el Monumento a la Bandera. Este ejemplo por sí mismo le da la razón al Papa, toda vez que una relación homosexual jamás podrá generar vida, porque es una relación estéril, contraria al orden natural. De ahí que cuando el Papa clama por una ecología del hombre es que está defendiendo el futuro de la humanidad, que solo se logrará dando vida, no escamoteándola o suprimiéndola, arbitraria y caprichosamente. La homosexualidad es un vicio, una degradación de la institución matrimonial, un atentado contra la vida y por lo tanto causa eficiente del malestar o dolor que pueden sentir hombres y mujeres cuando toman conciencia de las nefastas consecuencias de ese vicio. Dolor que podrán mitigar asumiéndolo como precio de redención, previo cambio de vida. Eso es lo que nos dice el Papa en su llamado a la ecología del hombre para evitar un suicidio universal.



































