Un simple recuerdo para alguien que no podía vivir sin sueños ni ternura, el actor rosarino Emilio Lenski, quien decidió cambiar de escenario para siempre el 4 de septiembre de 2004. Grandes sueños, pequeños, insignificantes para otros pero importantes para él, siempre tenía alguno que ocupaba su pensamiento o volcaba en el papel, para nuevos guiones, para nuevos trabajos, para proyectos futuros aun en los momentos más difíciles de incomprensión o salud. Siempre se brindó al prójimo, a los jóvenes, a los niños y a los ancianos, realizando espectáculos en barrios carenciados, en los lugares donde los ancianos esperan con ansiedad una muestra de cariño hacia ellos, donde es urgente sacar a los jóvenes y niños de la calle. Trabajó para quienes estaban privados de libertad, para quienes estaban dominados por la droga, en su país y en Latinoamérica, para niños y jóvenes en situación de riesgo social, para todos por igual y con la misma pasión y respeto. Nunca le importó actuar en un teatro, en una escuela, en un asilo o en la calle y estoy segura de que todos ellos, quienes recibieron algo de su oficio que les permitiera pensar, llorar o entretenerse, lo recordarán con afecto, recordarán a una persona que pensó en ellos, salvando todas las barreras de la discriminación. A Emilio le hubiera gustado que lo evocaran solamente como un ser humano con el oficio de actor. Para mi compañero de vida, un cariñoso recuerdo.



























