Hace unos días nuevamente volvió a ser noticia ETA. Según información vertida por La Capital, hubo una nueva propuesta de alto el fuego. Esta propuesta no habla de desarme ni del fin de otras prácticas violentas. Humildemente debemos reconocer que, salvo excepciones, sabemos poco y nada sobre el País Vasco. Solamente cuando la información viene teñida de sangre nos acordamos del drama que vive esa sociedad. Para ubicarnos en tiempo y espacio, debo decir que ETA se declaró partidaria de la lucha armada a comienzos de los años sesenta. Desde el nacimiento del nacionalismo vasco a finales del siglo XIX no ha habido ninguna inclinación a la lucha armada. El fenómeno de la inclinación del nacionalismo hacia la lucha armada nace y se retroalimenta y desarrolla bajo la etapa franquista. Inicialmente contó con el apoyo de una parte significativa de la población, ya que era considerada una de las organizaciones opuestas al régimen. Tras el proceso democratizador iniciado en 1977, al cual no se incorporó, fue perdiendo apoyo público. Postulan cuatro pilares básicos: la defensa del esuskara, el etnicismo, el antiespañolismo y la independencia de los territorios que pertenecen a Euskadi, cuatro provincias españolas y tres francesas. Ochocientas cincuenta personas asesinadas por actividades terroristas en menos de cinco décadas. Once treguas ofrecidas en veintidós años, en todas las ocasiones las negociaciones fracasaron. Es lógico el escepticismo que existe, tanto del gobierno español como del Ejecutivo vasco. Esta historia es una herida abierta, tendrán que tratar de ir cauterizando las heridas. Discutir sobre si son España o no, en estos momentos es impropio. Toda la comunidad vasca está esperando una solución pacífica al conflicto.



























