Hace poco, en un reportaje, “sentado cómodo en el lobby de un hotel cinco estrellas del microcentro porteño” (según el periodista), el escritor mexicano Jorge Volpi descerrajó una frase picante, provocativa: “América latina no existe”.

Hace poco, en un reportaje, “sentado cómodo en el lobby de un hotel cinco estrellas del microcentro porteño” (según el periodista), el escritor mexicano Jorge Volpi descerrajó una frase picante, provocativa: “América latina no existe”.
La fundamentación posterior fue clara: “No existe como una realidad sociopolítica
completa. Ni tampoco existe como el sueño bolivariano de una América hispana por completo unida.
Quizá lo que no existe son estas imágenes construidas de América latina que habían estado vigentes
hasta hace muy poco tiempo. Lo que existe ahora es una América latina distinta, fragmentada, que se
conoce muy poco a sí misma, que es prácticamente incapaz de mantener flujos constantes de
información de un país a otro, aunque a veces sean incluso vecinos”.
Ah, dice uno. La descripción es correcta. Lo que no parece feliz es el regodeo del mexicano
en la mera enunciación de los problemas. Hace falta poner énfasis en las posibles, necesarias
soluciones. Porque la realidad descripta no emana solamente de los errores propios, sino de las
intenciones ajenas.
Al imperio no le conviene la unidad latinoamericana. En ningún terreno: político, económico,
cultural. En el ámbito específicamente literario, muchas editoriales con sede en España propugnan y
difunden el castellano “neutro”. Es decir, aquel al cual se le extirpan
prolijamente –como si fueran tumores– regionalismos,
color, calor y sabor locales (mientras no sean españoles, claro). Vaya a saber lo que estos
“editores” hubieran hecho con Rayuela, con Juntacadáveres, con El Siglo de las Luces,
con La Ciudad y los Perros. Vaya a saber. Lo que es seguro es que no las hubieran publicado, o les
hubieran pedido a Cortázar, Onetti, Carpentier y Vargas Llosa (“aquel” Vargas Llosa, no
este) que les sacaran cien o doscientas páginas y erradicaran todo rastro de habla nacional. ¿Y si
se hubieran tropezado con Joyce, con Faulkner, con Erskine Caldwell? Madre mía.
Dice Volpi que él no cree en las “grandes narrativas”, que su generación no está
desencantada porque nunca se “encantó”. El chileno Roberto Bolaño no adhería en el
final de su vida a las utopías izquierdistas pero su obra es una apuesta al riesgo, la
autenticidad, el lenguaje en estado de ebullición y las raíces latinoamericanas. Con ese
capolavoro que es Los Detectives Salvajes, Bolaño ganó la apuesta.
Mucho de lo que dice Volpi, por otra parte, es cierto: solemos ignorar por completo lo que
hacen nuestros vecinos. En el terreno literario, son contados con los dedos los argentinos que
conocen la producción chilena, uruguaya, colombiana, peruana, venezolana o mexicana. Volpi, por
ejemplo, viene del país que dio poetas como Ramón López Velarde, José Gorostiza, José Juan Tablada,
Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, José Emilio Pacheco y Jaime Sabines, o prosistas como Mariano
Azuela, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Juan José Arreola y Fernando del Paso. Casi ninguno es de
consumo masivo. ¿Quién lee a los chilenos Pablo de Rokha, Enrique Lihn o Jorge Teillier? ¿Quién al
peruano Martín Adán, la uruguaya Idea Vilariño, el colombiano Álvaro Mutis? Muchos lectores
“enterados” de la Argentina siguen prefiriendo las pésimas traducciones peninsulares de
autores de moda a obras trascendentes escritas en su propio idioma. Eso no es casual, por cierto:
el autodenominado “mercado” los condiciona. Basta repasar qué libros promocionan las
publicaciones especializadas. ¿Especializadas en qué?
Volpi parece no ver nada de eso. Todo indica que él y quienes piensan como él suponen que lo
que ocurre en América latina es fruto excluyente de la propia imbecilidad. Yo no tengo dudas de que
un porcentaje de los problemas emana de esa característica, de la cual ciertamente no adolecemos.
Pero a la vez creo que corresponde denunciarla, enojarse con ella. Aun cuando se lo haga desde la
imbecilidad personal. Y sobre todo corresponde enfrentarse con quienes no nos defienden. Con
quienes nos mienten. Con quienes nos usan. Con quienes nos entregan.
En fin, Volpi, América latina goza de buena salud y seguramente va a mejorar, mal que les
pese a muchos (espero no a usted). En cualquier barrio rosarino dirían: “¡Minga no
existe!”. Perdón por el localismo.


